
Otoñar, hermosa palabra que para algunos significará “aquellas personas de edad madura, en camino hacia la ancianidad”. Para otros, será “la segunda hierba o heno que producen los prados en la estación del otoño”.
“Estación de la tierra con abundancia de pastos verdes…” para otros, será el nuevo sendero para transitar la vida después del agobio del verano, estridente, pleno de ardor, con matices dorados pero lujurioso en sus días de atrevimiento, intolerable cuando crepita, abrasa y quema.
El otoño es como la primavera, ese paso intermedio entre estaciones rigurosas, con propuestas de calma, la transición que desprende el follaje y adorna las calles con arabescos crujientes, los senderos y rincones escondidos.
Sin quebrantos, solo desprendimientos, porque el quebranto será recién sonoro cuando atravesemos los senderos y bajo nuestros pies surgirá el sonido de los quiebres entregando la vida.
Aquí estamos, recuperando bríos, olvidándonos del termómetro versátil, impío, como vertiente de fuego que nos hostigara, sin lástima, durante el estío. Recuperamos los muros hogareños, la vida íntima y recoleta, retornamos al trabajo asignado y a los hábitos íntimos.
Atrás quedó el recreo, ese tiempo que vulneró nuestra paciencia a los aparatos de electricidad para menguar el fragor del rey sol en su vértigo durante el estío. Otoñar también renacer, como la primavera trasciende sepultando inviernos tenebrosos y penetrando en nuestro íntimo hemisferio para acallar los contornos del invierno que declina,
Atisbo desde el visillo de mi noble y alta ventana y proclamo:¡Bienvenido, Otoño! Tal como escribía Benedetti:
Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
entremos a codazos en la franja del sol
y admiremos a los pájaros que emigran
ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda
aprovechemos el otoño
antes de que el futuro se congele
y no haya sitio para la belleza
porque el futuro se nos vuelve escarcha.

