Hoy, 20 de febrero, despedimos en mi pueblo natal a mi amiga de toda la vida, la hermana de no tuve, Martha Ramb de Miretti, madre de Gustavo Miretti, quien lamentablemente integraba la tripulación del Crucero Belgrano.
Su enfermedad fue avanzando hasta desconectarla del mundo real, ese mundo que en 1982 castigó a los jóvenes conscriptos arrastrándolos a una guerra que no devolvió los cuerpos a sus familias y quedaron depositados (más de trescientos), en el fondo del Mar Argentino. Una ausencia profunda que dejó huellas dolorosas, infranqueables, en el alma de los vinculados a través de la sangre.
Pasé mi infancia, la juventud y la primera maternidad a su lado, en estrecha relación porque también la escuela fue vinculante, siendo ambas docentes en la Escuela N° 375 “Justo J. de Urquiza”. Tres años mayor, fue esa amiga con quien se comparte todo, desde la ingenuidad de los juegos infantiles hasta la frescura de los años adolescentes y los juveniles.
El amor arribó en una etapa y ambas parejas continuamos impulsando los encuentros, incluso cuando llegaron los hijos para compartir retozos de nuestros niños, ambos nacidos en 1962. Todas las vivencias emergen hoy con la fuerza de los recuerdos anidados intensamente desde la dicha de ese tiempo, donde nada presagiaba horas de llanto, desesperación y situaciones que no entraban en el razonamiento lógico de unos padres frente a la realidad de que obligaran a sus hijos a ser partícipes de una guerra perdida antes de iniciarla.
Mi mudanza a Sunchales no interrumpió la relación porque desde el génesis llevaba raíces muy fuertes, ya que ambas madres también ejercitaban la amistad. La de ella, Rosalía Barberis de Ramb, mucho influyó en mi carrera docente por su estímulo y confianza, siendo la Directora de la Escuela de Ataliva. Una mujer cabal, enérgica y segura. Laura Miretti, hija de Martha y profesora en Sunchales, vertió su saber y su dulzura en cinco de mis nietos cuando fueron estudiantes secundarios. “Es la hija de mi amiga”, proclamé siempre, considerándolos dichosos por tenerla como docente.
Si bien los encuentros fueron más esporádicos, la distancia no quebró nexos ni sepultó en las tinieblas del olvido tantas vivencias compartidas. Y cuando la noticia fatídica del hundimiento del Crucero invadió los oídos y los corazones, compartimos muchas horas de compañía, dolor y preguntas sin respuestas. El tiempo es el cicatrizante de ausencias en situaciones normales, pero ante lo absurdo de un conflicto bélico en disparidad de condiciones, ese tiempo diluye su fuerza y sigue castigando con la incomprensible y definitiva carencia de un ser amado.
Hoy fue ella, Martha, quien se sumergió en las profundidades de un mar del que no se vuelve. “El Señor tiene un lugar preparado para ella”… leyeron en un pasaje cuando llevamos sus restos al destino final. ¿En ese lugar la esperará Gustavo? Echo la pregunta al vacío porque no hay pruebas fidedignas de lo que sucede en un después. Pero así lo deseo, íntimamente, para que ella lo pueda volver a estrechar después de tantos años de brazos vacíos.
“Una amistad no crece por la presencia de las personas, sino por la magia de saber que aunque no las veas, las llevas en el alma”. Bendita sea esa magia que me permitirá conservar a Martha muy arraigada en mi corazón.


