Los acontecimientos pequeños que no se cuentan en los manuales o tratados de historia, salen a la luz a veces de forma impensada o por alguien que relata de boca en boca una anécdota y otro la documenta por escrito para que trascienda la temporalidad y llegue a mayor número de conocedores.
Como el caso de Juan Martín de Pueyrredón, director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata en 1816, cuando fuera declarada la Independencia en Tucumán. Hombre de acción trascendente, seis años antes, cuando los criollos se reunían en un día lluvioso con sus paraguas frente al Cabildo de Buenos Aires en el mayo histórico de 1810, Pueyrredón se hallaba en la plana alta su casa, muy cerca de allí, escribiendo. Llegaron a sus oídos las voces o el entusiasmo del grupo aglutinado y molesto, se levantó para cerrar la ventana y poder así continuar con la escritura de su diario. Y anotó: “Un grupo de muchachones está haciendo mucho barullo afuera y no me permite continuar con mi tarea”.
Es decir, no se enteró del acontecimiento trascendente. No participó de él, a pesar de su cercanía. Tampoco se interesó por saber cuál era el motivo de tal concentración. Cuando a veces cerramos el diario o apagamos el televisor porque estamos atosigados de información, cabe que nos preguntemos: “¿Puedo estar desinformado acerca de lo que acontece en el país?”. En mi caso, suelo decir: “No quiero hacer oídos sordos como Pueyrredón».
Y otro suceso llamativo y emocionante tiene relación con los Siete Granaderos. Se cuenta que solamente 76 de ellos regresaron de la heroica gesta sanmartiniana, después de largos diez años de ausencia, sin ver a los familiares y sin pisar el suelo de la patria. Harapientos y enfermos, recibieron un absoluto desinterés, silencio cerrado; ninguna autoridad los recibió y fueron divididos entre diversas reparticiones militares.
El 28 de mayo de 1880 fueron repatriados los restos del Gral. San Martín. El Santo de la Espada, fallecido en Francia, volvía a su patria en el vapor Villarino. La comitiva vio ese día a siete granaderos que volvieron a vestir con honor aquel desteñido y haraposo uniforme para acompañar a caballo los restos del General. Hicieron la guardia nocturna y al amanecer desaparecieron.
No supieron sus nombres ni hacia dónde se retiraron. Años después, Roca firmó un decreto creando el Regimiento de Granaderos a Caballo, con el mismo uniforme que llevaran con San Martín. Finalmente, sería Figueroa Alcorta quien les daría rango de custodia presidencial y elegiría la cifra de siete para que todas las mañanas cruzaran la Plaza de Mayo, yendo desde la Casa Rosada hasta la Catedral donde descansan los restos del Padre de la Patria. Se turnan para las guardias y son, siempre, SIETE. Ni uno más, ni uno menos. Siete, como aquellas escoltas que acompañaron el féretro hasta su última morada. Los siete que restaban de aquel ejército magnífico que cruzara la cordillera y liberara Chile y Perú.
Siete es un número mitológico al cual se le atribuye excepcionales valores; gama esencial de los sonidos, los colores y las esferas planetarias, además de símbolo del dolor. Cuando recorramos Buenos Aires, el conocimiento nos llevará a apreciar algo más que un mausoleo.

