
Todos conocemos al grupo de mujeres que desde el lema “Abriguemos a un bebé”, tejen mantas cuyos destinatarios son niños recién nacidos en hospitales públicos, hijos de familias carenciadas. Su labor conceptualmente solidaria ha generado un entramado social digno de admiración. Esta tarea la vienen desarrollando desde hace varios años, y tanto ha crecido su obra y su pasión por lo que hacen que han arribado al mantita número 3000. ¡Vaya un número para una tarea silenciosa y gratuita!
Entrevisto a Silvana Villata, una de esas admiradas mujeres que encontraron espacio para alimentar necesidades y a la vez decorar su espíritu con el sabor del altruismo. Silvana me cuenta que asumió el compromiso de confeccionar ella, ese abrigo y mientras me lo dice una sensación de orgullo la invade, consciente de que esa tarea las está representando a todas, pero sobre todo a esa misión que se trazaron de manera tan desinteresada. Más allá de un frío número se trata de poner un número a una suma de entregas generosas.
Decidió que sería el telar y no las agujas el instrumento con que urdiría la trama y 20 cuadrados de 20 cm por 20 cm, una vez enlazados, se unirían y darían luz a la frazada de la tercera unidad de mil. Sus palabras me llevan a interpretar claramente que cuando se toma el compromiso de tejerla, a partir del primer punto, del primer enlace, de la primera extensión, el trabajo tiene un motivo y se torna solidario con mayúscula. En la medida que las lanas o los hilos se ajustan hay un corazón que, expectante quiere verla abrazada al niñito o niñita recién llegados al mundo.
En ese tiempo de construcción de la tarea, la tejedora imagina el rostro del receptor y establece imaginariamente una relación de afecto. Ese es el secreto de la solidaridad que se practica de manera horizontal, en una relación de igualdad entre las personas, la que se distingue de la caridad que se realiza de manera vertical, estableciendo una jerarquía social.
Silvana me detalla que eligió colores pastel para esa manta y que fue Asunción Giay, otra de las mujeres del grupo, quien confeccionó el adorno que luce en un rincón de la misma. Me imaginé a esas mujeres anticipando el final de la manta 3000. Es ineludible que el calor que transmiten al pensar y hacer se amalgama en la trama.

La manta ya acababa es tan delicada y tiene una tersura que despierta emociones sobre todo cuando se sabe que abrazará a un pequeño con carencias. La mantita iniciará un camino y una mano sabia la entregará, envolverá al pequeño/a, nutrirá la piel del amor que las mujeres les han puesto porque cada hilo cruzado en la urdimbre ya suponía al cuerpo y lo dedicaba con el solo interés de abrigarlo.
Silvana me cuenta acerca de la cadena de voluntades que se suman para que puedan tejer los abrigos. La cadena que se va transformando en red en la medida que se suman protagonistas, manos anónimas que acercan lanas, cuadraditos, telas desde distintos espacios y lugares del país.
Ellas, el grupo de mujeres, toman las herramientas, las que creen más propicia y tejen. Tienen frente de sí la imagen de un destinatario bebé. No lo conocen, pero saben que es un ser pequeñito que las necesita.
Como cada vez que encuentro a seres capaces de entregar su tiempo, su capacidad y su afán por ayudar a otro, de modo magnánimo y silencioso, me sube un deseo inmenso de que todos se enteren.
Por eso, hoy quiero que se sepa que el grupo de mujeres que trabajan desde el lema “Abriguemos a un bebé”, han confeccionado la mantita número 3000. ¿Un número frío? ¡NO! Una noticia para gritar: “La solidaridad no es un acto de caridad, sino ayuda mutua entre fuerzas que luchan por el mismo objetivo.” (Starhawk).
Gracias, Silvana por tu tiempo.
Griselda Bonafede

