Despedir a un ser amado es doloroso, desgarrador, especialmente si los lazos de la sangre documentan el contacto tejido día tras día en una urdimbre de vida fructífera, trazada con vínculos familiares y de acciones fecundas. El consuelo es a veces esquivo y tarda en hacerse presente.
Puede no haber vínculos sanguíneos pero muchas otras circunstancias tejen una urdimbre generosa, productiva, que toca el corazón y actúa como faro luminoso para conducir a sus semejantes por el camino correcto. Ese faro puede ser humano y prevalece su acción sobre quienes, desprovistos de estrellas luminosas que los guían, se cobijan al amparo de quien les tiende una mano conductora.
El Papa Francisco ha sido, resueltamente, un destello indeleble para quienes más padecen, entregado generosamente hacia las almas sufrientes y a esos mismos espíritus que mostraron sus lágrimas. Reunidos en la plaza San Pedro, en el país todo, en el mundo entero, los feligreses dejan testimonios fidedignos de los sentimientos que despierta saber que ya no será el Papa Francisco, ya no rezará por todos, ya no bregará por los más débiles, porque su inédito paso terrenal ha concluido.
Francisco, de nombre secular Jorge Mario Bergoglio, fue el 266.º Papa de la Iglesia católica. Como tal, fue el jefe de Estado y el octavo soberano de la Ciudad del Vaticano. La televisión se encargó de hacernos conocer su vida en nuestro país, los pormenores de la infancia y juventud; cómo se despertó su decisión un 21 de septiembre, cuando todos los compañeros se dirigían a disfrutar del picnic de primavera y él decidió buscar otro camino.
La penosa circunstancia de su muerte sirvió para iluminarnos y conocer la amplitud de su maravillosa actividad como “Pastor”, tal cual la denominaba. Ese Pastor que recorrió territorios complicados, se conectó con los jóvenes, con indigentes y presidiarios, que solucionó graves problemas existentes y estableció bases sólidas que lo sucederán en un futuro previsible.
El mundo entero se enteró de que existe Argentina, en el sitio más austral de América, ahora sabe que de este país emergió semejante paradigma, que somos los depositarios de este honor y su imagen, enseñanzas, acciones y preceptos perdurarán en el tiempo del mañana. Se afirma, con certidumbre, que el Papa Francisco ha sido el supremo Pastor de la Iglesia Católica.
El adiós termina siendo un paso correlativo. Pero ese familiar, esa amiga, ese compañero, ese pasajero frente a nuestras vidas, puede dejarnos huellas profundas. La ausencia concluyente es dolorosa y difícil de sobrellevar, a pesar del tiempo transcurrido.
El mañana traerá sustitutos, pero la memoria se encargará de revivir, valorar y no habrá solo tenues recuerdos. Porque la historia dejará sus valiosos testimonios. Los arquetipos, como el Papa Francisco, seguirán siendo paradigmas a través de los siglos.


