Afuera llueve

Es un título común, parece trillado, gastado por muchos que se han sentido inspirados para escribir durante un día de lluvia, invierno o verano. Para relatar penurias o deleites. Ya no es acompasada la caída del agua repiqueteando sobre el techo de zinc; ahora la modernidad y el confort atenúan los sonidos y nos privan del recupero de tiempos gozados en plenitud.

Los tanques junto a las canaletas recogen el manantial gratuito que bendecirá luego las plantas de la galería y del patio en su conjunto. Lucirá aún más bella la enredadera que hace años me obsequió mi hija para el Día de la Madre. Una pequeñez verde que no presagiaba la plenitud y la belleza del presente, abarcando todo el tapial del norte primero y luego el del este.

Los gajos lilas que tiñeron todo el suelo, correteando exactamente por la totalidad de mi patio del norte, se desplazaron con libertad y osadía, adueñándose totalmente del terreno lindero. “¡Qué ordinaria esa planta!”, comentó una señora que me visitaba. Jamás en mi vida se me hubiera ocurrido calificar de un modo tan triste alguna planta de amigas a las cuales visito.

Además de pincelar el suelo con un color que admiro, la planta actuó y actúa como lucida alfombra que sepultó desniveles y desteñidos. Destacó la fuerza y lozanía de su cuerpo que avanzaba día a día imponiéndose, abriéndose paso con seguridad y vehemencia.

Se impuso con firmeza y aniquiló la maleza, maraña e indignidad que titulamos “yuyos”, aquellos que diariamente avanzan con prepotencia superando la belleza tímida con la exuberancia y la fealdad, asimetría que a veces las vuelve ridículas pero se muestran tan llenas de fuerza, prepotencia y duración premeditada para aniquilar la belleza de aquellas otras que provocan envidia por los dones que la naturaleza se encargó de otorgarles como atributos naturales.

Recuerdo a mi padre con sus consultas en libros o recortes que instruían sobre la metodología o los pasos a seguir y los minerales más convenientes para cada planta. Así como recuerdo a mi madre, desprovista de conocimientos químicos pero dotada de manos pródigas, con gestos cotidianos y a la vez positivos, cargados de cariños y esperanza. No sé, quizás musitaba silenciosamente una oración, como lo hacía en el templo, rogando o efectuando alguna promesa.

El patio era abundante en su longitud; la galería en cambio mostraba estrechez y el tanque junto a la canaleta actuaba rígido y enhiesto como glorioso soldado, como recolector de la lluvia que generosamente los techos nos regalaban.

Hoy la noche nos cubre con su manto de julio. Afuera llueve, sobre el techo de mi galería se desliza el agua que mañana regará las plantas de interiores en mi casa. El violeta de las que se deslizan hacia el norte será radiante y las cascadas, los helechos, los malvones y todo lo que mi madre me legó, brotes pequeños que hoy lucen exuberantes, serán pruebas irrefutables de los dones transferidos.

Afuera llueve. Adentro se derraman los recuerdos.

Foto ilustrativa.

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