Un estimado amigo me envía por Messenger un excelente artículo firmado por Percy Bustes y esta frase me impacta: “Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”, tomada, a su vez, de Alvin Toffler, escritor y futurólogo estadounidense.
Los días impensados que estamos viviendo nos predisponen para analizar el contenido y la proyección de este testimonio. Desde hace ya tiempo, diferentes voces nos alertaban sobre cataclismos: que llegaría un cambio climático, la capa de ozono se demolería, los bosques arderían, los animales y los vegetales sucumbirían, la temperatura global se ampliaría, además de producirse deshielos, sequías, terremotos, inundaciones, huracanes y hambrunas inimaginables. Un caos progresivo sobre esta humanidad que continuó viviendo sin escuchar los drásticos vaticinios. Y además, el sistema económico. Un modelo que también estaba destinado a caer.
Y, la verdad sea dicha, no hemos sido testigos únicamente de estos flagelos. Otras pérdidas son tan evidentes y preocupantes, aunque no se refieran a la naturaleza. ¿Cómo andamos con respecto a los valores tradicionales? Honradez, compromiso, respeto, tolerancia, convivencia, responsabilidad, decencia… y una larga nómina de virtudes inherentes a la probidad del ser humano en su desarrollo laboral, familiar y social. Los paradigmas con los cuales fuimos criados en otra generación y los otros prototipos con los cuales convivimos en la modernidad.
Lo actual sirve para que algunos comparen este suceso con el de las torres gemelas; un atentado que sacude a la humanidad entera, un antes y un después. ¿Sacudirá y evolucionará realmente nuestra conciencia y la de nuestros semejantes? Quizás, era necesaria una conmoción generalizada para detenernos a reflexionar y comprender la pequeñez del ser humano, creído rey del universo; con un narcisismo real, como el hombre enamorado de sí mismo, según el personaje mitológico llamado precisamente Narciso, con una conducta maníaca. De lo contrario, no nos dejaría ninguna enseñanza para una transformación histórica y auténtica.
Se habla de cuarenta días y no solamente catorce, que es el tiempo para estar desconectado, en reclusión preventiva. El número 40 aparece en más de cien ocasiones en la Biblia y en momentos claves. En la Escritura a menudo ilustra un tiempo de prueba o un examen; tal vez a eso fuimos sometidos, a una exploración. En las escuelas empleamos el término “resilencia”, la aptitud que tiene el alumno para rehabilitarse frente a los contratiempos y cómo reacciona para encauzar hacia el devenir. Lo es también para nosotros, puestos compulsivamente frente al mundo global para la reflexión.
Cuarenta días (o quizás más) detenidos en la vorágine del tiempo y las acciones, recoletos en los hogares, totalmente disímil nuestra vida, tendremos horas para pensar, repensar, valorar y poner proas hacia el futuro. Un futuro personal, el comunitario y también el global. ¿Será diferente el mundo que nos está esperando? ¿O nosotros seremos diferentes, para que el planeta encauce un nuevo camino, más sensato y solidario?
Que la fatalidad de un virus tan pequeño e ignorado proveniente de un mercado de pescado en Wuhan produzca en definitiva, la evolución positiva de los seres humanos. Que no continuemos siendo ignorantes del siglo XXI, porque no supimos “aprender de esta lección, desaprender y reaprender”.

