Con Juan Llach prosigue el ciclo de charlas de Fundación de la Cuenca

El ex ministro y economista, presente hoy en la ciudad (Internet).Juan José Llach, ex ministro de Educación de la Nación, estará en la ciudad para ofrecer una disertación que es convocada por Fundación de la Cuenca. La misma se concretará en la tarde de hoy en el edificio Vida a partir de la hora 18, siendo el eje central acerca de la economía nacional actual y futura.

(Por: Juan José Llach) – El mundo que nos espera
Sin estridencias y sostenidamente, la economía mundial está protagonizando un cambio inédito que puede llegar a liberar de la pobreza y mejorar la vida de miles de millones de personas. Su principal motor es el vertiginoso crecimiento de Asia oriental, el que lleva a decir a Kissinger -y esto vale sobre todo por quien lo dice- que el centro del poder económico mundial se está desplazando, inexorablemente, del Atlántico al Pacífico. A su impulso, y en un contexto internacional favorable, muchos países están dejando atrás el subdesarrollo para convertirse en emergentes. La propia Africa, doliente sede del 75% de los pobres del mundo, está creciendo en el siglo XXI más que América latina; todo un llamado de atención para nosotros. Este poder emergente acaba de ser reconocido por el G-8 al inaugurar el «proceso de Heiligendamm», por el que se invitará a participar de la discusión de temas estratégicos a Brasil, China, la India, México y Sudáfrica.

¿No estaremos, sin embargo, ante un ciclo de corta duración, como en la posguerra, a comienzos de los setenta o a mediados de los noventa? Hay cuatro factores que invitan a pensar lo contrario. El primero es que la población rural es todavía muy grande en los países en desarrollo o emergentes, 60% en China, casi 70% en la India. Sólo en China, una Argentina entera migra cada año del campo a la ciudad, y esta continua urbanización asume la forma de un gigantesco ejército de mano de obra ofrecida a bajos salarios para producir bienes exportables.

En segundo lugar, el crecimiento y la urbanización están posibilitando la gradual incorporación al consumo del 60% de la población mundial, cerca de 4000 millones de habitantes. El tercer factor es el llamado catch-up , la posibilidad de los países emergentes de aumentar sustancialmente su productividad mediante la incorporación de tecnologías, acercándose así al nivel de vida de los países desarrollados, como lo expone Tom Friedman, con brillo y cierta exageración, en «El mundo es plano». Una tonelada de granos compra hoy 80 veces más capacidad de procesamiento electrónico de información que hace treinta años, en el anterior boom de materias primas. Prebisch tuvo razón en su época, porque los términos del intercambio de los productores de materias primas se deterioraban, pero hoy la situación es inversa. La cuarta razón para creer en la larga duración del crecimiento impulsado por los países emergentes es que sus políticas económicas -con pocas excepciones, como la de Chávez- son mucho más racionales que en el pasado. El contraste es evidente si recordamos la alta inflación, los déficits fiscales, el endeudamiento y las nacionalizaciones propias del anterior pico de materias primas, a comienzos de los setenta.

Nunca son todas rosas, por cierto. El bajísimo costo laboral -a veces un dumping social- de muchos países asiáticos desafía duramente a las manufacturas, tanto en los países desarrollados como en América latina, actualizando el conflicto nunca resuelto entre el agro y la industria, al que ahora se responde tratando de mantener las monedas subvaluadas. Una segunda amenaza surge de los insostenibles desequilibrios de balances de pagos, con los EE.UU. endeudándose sin cesar y, del otro lado, los asiáticos, con China a la cabeza, y los países petroleros acumulando reservas y bonos del tesoro y otros activos norteamericanos. Para corregirlos es necesario que el dólar se deprecie, al menos contra las monedas asiáticas, pero sus emisores se niegan a hacerlo. Mientras los desequilibrios no empiecen a resolverse y persistan las amenazas de estanflación en los EE.UU., los mercados financieros seguirán volátiles, dificultando un ajuste no recesivo de la economía norteamericana y aun amenazando una crisis financiera global. Tantos son los intereses en juego que parece lógico pensar que finalmente se llegará a un acuerdo.

La tercera amenaza al crecimiento es geopolítica, con centro en una pugna por el petróleo y la energía que entrecruza las lealtades en las relaciones de las potencias con Medio Oriente y Asia central. Se encuentra, en fin, el límite al crecimiento impuesto por el cada día más evidente deterioro ambiental, que, sin embargo y sin incurrir en cinismo, beneficia a los propietarios de tierras agrícolas o mineras como la Argentina, tanto por la voracidad asiática por las materias primas como por sus dificultades, y las de Africa, para aumentar la producción agropecuaria y por la explosión de la demanda de biocombustibles, mucho más geopolítica que racionalmente fundada en su menor contaminación.

Hace diez años escribí en «Otro siglo, otra Argentina» que todo parecía indicar que Asia sería el continente del siglo XXI, y que esto no era para la Argentina una cuestión menor, porque, cuanto mayor fuera el crecimiento allá, «mayores serán las oportunidades de desarrollo de largo plazo de nuestras economías regionales, pudiendo aquél convertirse en una locomotora de vigor comparable a la que tuvieron en su momento Gran Bretaña y Europa, aunque entonces básicamente para la pampa húmeda». Casi al momento de terminar el párrafo se desencadenó la crisis de Asia y todo parecía naufragar. Pero no fue así y ahora se ve más claro el fuerte impacto del crecimiento de los emergentes sobre los precios de materias primas y alimentos, cuyo promedio será mucho mayor en el primer cuarto del siglo XXI que en la última parte del XX.

A la Argentina le ha cambiado la suerte. Aunque las principales claves de nuestro retraso económico y social han sido y son internas, no puede dudarse de que el sistema de subsidios y proteccionismo agroalimentarios vigente desde la Segunda Guerra ha sido también determinante. En su ausencia, y pese a los limitantes internos, nuestra producción y nuestras exportaciones, el empleo y los niveles de vida serían hoy mucho mayores.

Sin que nada hiciéramos se nos ha abierto ahora una nueva y extraordinaria oportunidad. El proteccionismo y los subsidios siguen en pie, pero están siendo opacados por más de 4000 millones de personas que quieren participar del festín de la vida. Su genuino aprovechamiento, por cierto mucho mayor que el de hoy, requiere, empero, una programación de mediano y largo plazo, que aúne los esfuerzos del gobierno y de la sociedad y que hoy brilla por su ausencia. De lo que se trata es de mirar mucho más hacia el futuro que hacia el pasado, y también de mirar -y aun mimar- a un mundo que, como el Marcial de Cafetín de Buenos Aires , no sé si nos cree mucho, pero todavía nos espera.

El autor es economista y sociólogo; profesor del IAE-Universidad Austral.

Curriculum vitae (síntesis)
– El Licenciado Juan J. Llach es actualmente Director del GESE (Centro de Estudios en Gobierno, Empresa, Sociedad y Economía) y del Programa de Gobierno para el Desarrollo de Líderes de Comunidades Locales y profesor de economía del IAE-Universidad Austral. Desarrolla allí los proyectos Equidad educativa y Poderes globales, poderes locales. También es miembro de la Academia Nacional de Educación y de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales e integrante de los consejos asesores de RAP (Red de Acción Política), del CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento), de la Fundación Balseiro y de la Fundación Cimientos. Es columnista del diario La Nación.

– Se desempeñó anteriormente como ministro de Educación de la Nación (1999-2000); viceministro y secretario de Programación Económica del ministerio de Economía de la Nación (1991-1996); miembro de la carrera de investigador del CONICET, del IERAL (Fundación Mediterránea) y del Instituto Torcuato Di Tella y profesor de las universidades de Buenos Aires, del Salvador y Católica Argentina. También fue presidente del Consejo Editorial de El Cronista Comercial (2003-2007).

– Ha escrito seis libros, entre ellos Reconstrucción o estancamiento (1987), Educación para todos, en colaboración con Silvia Montoya y Flavia Roldán (1999), Otro siglo, otra Argentina (Buenos Aires, Planeta – Ariel, 1997) y El desafío de la equidad educativa (2006), en colaboración con Si lvina Gvirtz, Francisco J. Schumacher, Amelia F. de Canavese, Marcela Zinn, Margarita Carratú, Ricardo Fraiman, María Elina Gigaglia, María Marcela Harriague y Marcela Svarc. También ha publicado más de cuarenta trabajos académicos sobre historia económica argentina, economía y sociología laboral, economía institucional, federalismo, hiperinflaciones y programas de estabilización y reforma económica y crecimiento económico, así como numerosas colaboraciones en diarios y revistas argentinos.

– Es licenciado en Sociología (UCA, 1968) y en Economía (UBA, 1972)

– Nació el 7 de febrero de 1944 y está casado con Magdalena Estrugamou, con quien ha tenido cuatro hijos (Santiago, Lucas, Felipe y Federico) y dos nietos (León y Benita).

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