(Por: Luis Fissore) – Como tantas veces nos ocurre en la vida, yo no podía reaccionar ese sábado del último noviembre cuando mi esposa entre compungida y temerosa por tener que decírmelo, daba cuenta que acababan de avisarnos de la súbita e impredecible desaparición en la ciudad de Córdoba de mi amigo del alma: Omar Hunzicker.
¿Porqué estas confesiones las vuelco a los medios?
Por varias razones:
1. Aunque desde hace unos cuantos años no residía en Sunchales, Omar era un sunchalense de alma, con muchos amigos y parientes aquí y fiel seguidor de las vicisitudes de las dos principales entidades deportivas, por eso la comunidad merece conocer su deceso.
2. Con él compartí momentos imborrables de mi vida desde que nos conocimos en 1956 al incorporarme al segundo grado de la Escuela Nacional 169, teniendo como maestra a la Sra. Esperanza de Leiva.
3. Recordándolo a través de estas breves líneas, cumplo mi compromiso de honor con quien supo hacer de la amistad un culto.
Minúsculos retazos de la historia compartida, me traen a la memoria un muchachote alto, algo desgarbado, de grandes músculos y mucha fuerza para la práctica del fútbol que era su deporte favorito. Jugaba casi siempre de arquero y, para esa posición como se estilaba hace décadas, invariablemente tenía a mano una gorra con visera y las rodilleras elásticas.
Terminamos la primaria en 1960, hicimos un inolvidable viaje de egresados a Buenos Aires en una excursión patrocinada por el entonces Diputado Nacional Dr. Angel O.Prece, bajo la tutela del director del establecimiento Dn. Manuel Alaniz.
Seguimos juntos el secundario en el llamado en ese momento Instituto Adscripto Sunchales, cuyo director durante todo el lapso que concurrimos fue el Escribano Ezio Montalbetti. Terminamos en 1965, ya como Colegio Nacional, con un grupo reducido pero consolidado de 9 estudiantes, que realizó otro viaje de lujo durante 20 días a la Capital Federal y después Bariloche, cuando este destino recién se insinuaba como meca de los estudiantes.
Y luego vinieron los tiempos de asidua concurrencia a bares, recorrida constante a confiterías bailables de la región, breves excursiones a destinos no tan lejanos, la constitución de nuevas familias y el trabajo, todo lo cual nos devoró apresuradamente los años que teníamos para transitar.
Omar sufrió como ninguno la desaparición previa de dos compañeros del grupo de egresados de 1965: José Collino hace ya algunos años y Eligio Genero en el 2008. Con ambos la relación fue permanente y plena de anécdotas que no incluyo, porque seguramente nosotros las transitábamos con mucha intensidad pero no será así para extraños.
El tiempo inexorable y la vida con sus condiciones fijas e inamovibles han puesto punto final a tantos momentos alegres compartidos y sólo dejan lugar a la nostalgia, pero con la grata satisfacción de haber compartido una amistad que nunca olvidaré.
Chau Omar. Hasta siempre.

