Empezó la Cuaresma, estamos en tiempo de Cuaresma, después de Cuaresma viene la Pascua… expresiones que escuchamos en estos días y quizás somos los mayores quienes tenemos un conocimiento más profundo del tema, dada nuestra formación realizada en otra época, con características donde la penitencia, el ayuno, el perdón, tenían un vigencia más profunda y sentida. Consultamos: “La Cuaresma (en latín: quadragesima, ‘cuadragésimo día (antes de la Pascua)’, es el tiempo litúrgico del calendario cristiano destinado a la preparación espiritual de la fiesta de la Pascua. Se trata de un tiempo de purificación e iluminación interna, celebrado en las Iglesias católicas, copta, ortodoxa, anglicana, y buena parte de las protestantes (incluyendo algunas evangélicas), aunque con inicios y duraciones distintas”. ¿Y cuándo termina? Pues, antes de la Misa de la Cena del Señor en la tarde del Jueves Santo. ¿Por qué dura cuarenta días? Ese tiempo simboliza la prueba por la que pasó Jesús al permanecer precisamente durante 40 días en el desierto de Judea, previos a su misión pública. Comenzamos con la celebración del “miércoles de ceniza”, el anterior al primer domingo de Cuaresma realizamos el gesto simbólico de la imposición de ceniza en la frente. La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros -el hombre viejo- para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.
Los colores de la vestimenta de los sacerdotes también portan su significado. La actitud de penitencia se evidencia a través del color morado. La conversión, el pecado, la penitencia, el perdón, pasan a ser temas predominantes a través de los cuales los cristianos somos llamados a robustecer nuestra fe a lo largo del tiempo de Cuaresma. ¿Tiempo triste? No, para nada. Pero sí sirve para la meditación y el recogimiento. No es triste, sino meditativo y de concentración o penitencia.
Recuerdo épocas cuando el recogimiento y la vida calma, de reflexión y penitencia tenían un cariz acentuado, hasta el punto de no celebrar bailes públicos porque estábamos en cuaresma. El Club y la Sociedad Italiana, dos instituciones arraigadas en cada pueblo, suspendían este tipo de encuentros. No ocurría lo mismo con un almuerzo o una cena, pero no se celebraban bailes como un solaz más intenso. Hecha la ley, hecha la trampa. Quizás cierto lugar más retirado en algún campo alejado de la ruta transitada, con presencia de un tinglado, un salón precario o una carpa impensada, servían como epicentro para que los ansiosos bailarines no debieran sufrir una abstinencia de la danza.
Precisamente el 19 de marzo es el Día de San José, el custodio de la Sagrada Familia. Tiene su santoral y posee un rol fundamental en el origen de la fe católica. Padre de Jesús, modelo de padre; esposo custodio de la Sagrada Familia, con Jesús Niño y María Madre de Dios. Pero era esta fecha la esperada para una escabullida y bailar bajo los faroles o “soles de noche” colgados de los tirantes del techo en algún recinto campesino. Considerado un sacrilegio, nuestras madres no lo permitían.
¿¡Qué dirían en los tiempos que corren!? En qué momento cambió es difícil precisar, quizás el pasar de un extremo a otro tuvo un transcurrir lento y por ese motivo no nos sacudió tan brutalmente. Esto, como manifestación pública, pero tal vez el cumplimiento del ayuno, la confesión y otros cánones tampoco se cumplen meticulosamente, si no anidan en la conciencia individual. Hablábamos para esto del hombre viejo y el nacimiento del hombre nuevo, purificado después de la comunión, el ayuno, la meditación, el perdón.
El libre albedrío dirigirá nuestra conducta, pero mucho influirán los hábitos familiares heredados de profunda retrospección y respeto. La purificación y la iluminación interna no serán visibles, pero con seguridad la complacencia nos enriquecerá como cristianos.

