Las noticias hoy llegan tan rápidas aunque la distancia sea grande, muy grande. Lo inconcebible en otras épocas ha pasado a ser algo común, cotidiano y… aceptable?. Si bien las conductas humanas han tomado caminos diferentes y distorsionados, en comparación con lo vivido por quienes peinamos canas, algunas de las actuales van alcanzando altos, altísimos niveles de riesgo permanente, en especial cuando se vive en grandes centros urbanos.
Establecemos hoy las diferencias de épocas evocando a nuestras madres o hermanos mayores como acompañantes “militares” cuando debíamos asistir a algún baile, cumpleaños o fiesta especial donde concurrir en soledad atentaba contra el buen actuar social de toda la familia. Ni mencionar los clásicos “asaltos”.
Para algunos tal conducta era obsesiva, pesada y desubicada. Pero la generalización de esas prácticas familiares las volvía aceptables. Tanto a mí como a ellas y todas las demás, sin distinción alguna. Con los varones todo era distinto, la urgencia en estos casos provenía particularmente de manejar el automóvil de papá y aún estaban lejos los 18 para el documento que rigurosamente los habilitaba para la conducción.
Los hechos actuales nos llevan a añorar y valorar aquella etapa que parecería medieval y solamente estaba cimentada por la responsabilidad que portaba orgullosamente el mismo apellido de cada familia, el amor permanente y el compromiso de velar por cada uno de los integrantes.
En lugar de la persecución o rigidez de conducta era el amor y el compromiso ante el futuro de cada miembro bajo el mismo techo protector. Existen aún maravillosos conceptos, normativas tendientes a proteger, encaminar, analizar y seleccionar.
Pero también existen los grandes obstáculos. Flagelos o plagas en el entorno cercano que atentan contra todo lo límpido, normal y productivo. El enemigo acérrimo es el consumo de las drogas. La perversidad proviene de quienes lucran con ellas y diseminan el flagelo a diestra y siniestra.
La cruel noticia de hoy sobre las tres jóvenes asesinadas debiera poner en alerta para no inmiscuirse, no arriesgar el maravilloso don de la Vida. Una vida que nos dieron con amor auténtico y merece ser vivida como refugio de cariño y esperanza.


