¿Quién duda de la importancia del deporte para establecer una relación positiva con el propio cuerpo y vivir experiencias de confianza, fraternidad y lealtad, lo que promueve la formación de la personalidad? Y dentro de toda la gama de los deportes señalamos la predilección de los argentinos y muchos otros habitantes del planeta por el fútbol, “pasión de multitudes”.
¿De dónde provienen esos hábitos tan arraigados y la valoración que define no solo a quienes lo practican o lo han jugado en otra época, sino también a quienes son devotos admiradores, efusivos y consecuentes seguidores? Las raíces proceden de la distancia en el tiempo y en los sitios del universo, un largo camino recorrido. La forma más antigua del juego, de la que se tenga ciencia cierta, es un manual de ejercicios militares que remonta a la China de la dinastía de Han, en los siglos II y III antes de Cristo. Se lo conocía como «Ts’uh Kúh», y consistía en una bola de cuero rellena con plumas y pelos, que debía ser lanzada con el pie a una pequeña red.
Del Lejano Oriente proviene el Kemari japonés, que se menciona por primera vez unos 500 a 600 años más tarde y se juega todavía hoy. Es un ejercicio ceremonial, que si bien exige cierta habilidad, no tiene carácter competitivo. Más animado era el «Epislcyros» griego, del cual se sabe poco, y el «Harpastum» romano; estos tenían un balón más chico y el objetivo era enviarlo al campo del oponente. Muy popular entre los años 700 y 800; los romanos lo alojaron luego en Gran Bretaña.
¿Y Argentina? Hubo un desembarco del fútbol en 1840, por medio de marineros británicos, aunque hay historiadores voceros y dicen que el fútbol como lo conocemos comenzó en Argentina 27 años después, el 20 junio de 1867, por medio de los hermanos Thomas y James Hogg. Afirman que no es verdad la historia de los marineros; los primeros en jugar al fútbol eran empleados de bancos ingleses y financieras, que venían de las “high school” y tenían como costumbre de ocio el deporte.
Lo cierto es que también mueve cifras millonarias, intereses no tan santos de dirigentes y la mancha deshonrosa de las barras bravas. Pero los argentinos no aguantan más la ausencia de los partidos y se generan protocolos especiales, sin público para evitar aglomeraciones. ¿Y los jugadores? No pueden disminuir la cantidad de jugadores y acólitos que los rodean para desarrollar la competencia. Choques, empujones, corridas, imposible que no haya contacto estrecho en cada movimiento.
La educación es más antigua; tiene su origen en las comunidades primitivas y el punto de referencia se encuentra cuando el ser humano pasó del nomadismo al sedentarismo, ya que la caza y la recolección eran las principales fuentes de alimento y supervivencia, y los elementos principales que influyeron para abandonar el carácter errático del ser humano.
Recorrer hoy la ciudad y comprobar el silencio, la soledad de los edificios escolares, deshabitadas las aulas, calladas las voces que son la sustancia básica de la maravillosa tarea educativa, nos acongoja y atormenta. ¿Hasta cuándo? Normas de prevención, privilegio por la salud, muy loable todo, pero no pueden cerrarse indefinidamente. Lo que establece este reclamo lo origina precisamente la puesta en escena del fútbol como actividad prioritaria en su aparición.
La “presencialidad” es un neologismo del momento. Todos asistimos a la escuela y mamamos la savia vivificante del vínculo docente – alumno; compañeros, juegos, estudio, pruebas y esfuerzo, sueños y realidades, componentes de un universo que perdurará en nosotros a través de los años. ¿No se afirmaba que los niños eran los menos propensos a ser contagiados? Nadie espera el regreso de la modalidad anterior, con todos los mecanismos y componentes que nos educaron en otro tiempo. Pero debemos definirnos con respecto a la educación. ¡Ya!
Que no primen las mezquindades gremiales o políticas. Son nuestros niños y nuestros jóvenes, semillas con los embriones que concebirán los hombres y mujeres del mañana. Seremos responsables de ese futuro y cargaremos sobre nuestra conciencia los egoísmos y las malas decisiones.

