“Habemus Papam”. León XIV. Una mirada a la elección del nombre

“Habemus Papam” y detrás la aparición de un hombre, hasta hacía pocos días cardenal de Chicago en EEUU, quien llamado Robert Francis Prevost, decidió ser llamado León XIV.

Desde que tuvimos el orgullo de tener a Francisco como Padre de la Iglesia, los argentinos nos interesamos un poco más por lo que rodea al catolicismo y a los cristianos, sobre todo. Uno de esos intereses es interpretar la elección de sus nombres, el porqué de su elección, el simbolismo que contiene y por qué se lo adjudican en momentos de gobernar el destino de sus fieles.

El primer León de quien nadie habló fue León I “el Grande” (440 – 461), también llamado “Magno” por haber enfrentado a Atila el Huno en el año 452, logrando, con el poder de la palabra, que desistiera de invadir Roma. Hubo otros dos intermedios, pero es León XIII (1810 – 1903) el Papa, de quien se dice, Robert Francis Prevost, tomó su nombre con actitud de dar continuidad a sus pasos que, por cierto, no se alejan de los de Francisco, basados en la Doctrina Social de la Iglesia.

¿Quién fue León XIII? Para entenderlo tenemos que retrotraernos al tiempo que lo tuvo como protagonista. Corría el siglo XIX cuando la revolución industrial en Europa tomaba matices de esplendor en beneficio de empresarios y capitalistas, pero que dejaba al margen a los obreros quienes vivían en un estado de hacinamiento, en viviendas compartidas, sin desagües, sin condiciones de higiene y salubridad que los protegiera. Trabajaban largas jornadas laborales, a menudo de 12 a 16 horas al día, seis días a la semana en condiciones de trabajo peligrosas y expuestos a accidentes laborales que sucedían con mucha frecuencia. Los salarios eran bajos y las condiciones laborales eran duras, con poca o ninguna protección social.

Paralelamente apareció en Inglaterra y Francia, el Socialismo, movimiento político y social que fundó sus raíces en la lucha por la igualdad y la justicia social. Pero, si el socialismo puso en escenario la injusticia social y plantea una ideología de superación, serán los sindicatos los que pondrán acción para eradicarla.

Las primeras organizaciones obreras de carácter sindical comenzaron a aparecer a partir del año 1829 en distintos países de Europa. En este marco, los trabajadores empezaron a organizarse para luchar por mejores condiciones laborales y salarios justos.

No ver lo que ocurría a nivel social era estar ciego a la realidad. Fue esta situación de reclamos y propuestas y de desequilibrio social, la que llamó a los umbrales del Vaticano.

El Papa León XIII escribió la Carta Solemne, la Encíclica, dirigida a los obispos y fieles católicos de todo el mundo, llamada Rerum Novarum (latín: «De las cosas nuevas» o «De los cambios políticos»). La Encíclica cuya lectura está a manos de quienquiera, de fácil acceso, propone una solución basada en la justicia, la caridad y la cooperación. Señala los deberes de los ricos y de los empleadores hacia los más pobres

En su segunda parte, pone el foco en el rol del Estado, al que insta a proteger el bienestar de los trabajadores y promover leyes laborales justas. También alienta la formación de organizaciones obreras de inspiración católica, pero defiende la propiedad privada, desechando la idea de propiedad colectiva o estatal de los medios de producción.

Los reclamantes consideraron esta Encíclica como tardía y escasa, sin embargo, el Rerum Novarum introdujo a la Iglesia en el debate socioeconómico moderno, ofreciendo una tercera vía entre el liberalismo y el socialismo. Por primera vez la iglesia se posicionaba y esta actitud orientaría políticas de Estado y trabajos pastorales. Su herramienta: La Doctrina Social de la Iglesia puso base para situar a la iglesia en un mundo que se avecinaba cambiante.

La Doctrina Social de la Iglesia está conformada por unos principios que abordan la existencia del hombre y la realidad social y económica. No es una propuesta política, ni tampoco busca establecer un modelo económico. Se trata, por tanto, de unos ideales sociales y económicos en defensa de la dignidad del hombre que se irán adaptando a la evolución de la sociedad.

Hoy todos los ojos están puestos en León XIV quien al haber adoptado ese nombre permite anticipar que, con la impronta dejada por Francisco, no se apartará de los lineamientos de la Doctrina Social de la Iglesia y profundizará en ellos para un mundo más justo.

Ojalá no defraude a los millones de fieles que confían en su figura, como hombre de fe y como sucesor de Francisco, el Papa que propuso: “Una iglesia para todos”.

Los cristianos, con más de 2000 años de adoctrinamiento en la humilde vida de Jesús, ¿seguirán sus pasos, sus medidas, sus decisiones sin mezclarlos con las ideologías políticas que invaden sus días?

La iglesia en todos los tiempos ha demostrado el gran poder que tiene dentro de las sociedades. Cristo, su hacedor, pero es el hombre con sus defectos y virtudes, quienes la dirigen, la guían, la potencian. Ellos deben volver la mirada atrás y preguntarse si es lo que Cristo propuso. Tal vez no les será fácil encontrar respuesta. Cristo guíe a León XIV.

Griselda Bonafede

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