La proverbial “viveza criolla” es en realidad, una frase hecha, surgida del español pero de molde argentino, la cual puntualiza una forma de encauzar la vida. “Avivadas” de todo tenor y en cualquiera de los escenarios; lo que en realidad engloba una especial filosofía de vida, de querer siempre alcanzar alguna ventaja, de pretender encarar todo con favores y contar con alta comodidad frente a las contingencias que presenta el diario vivir.
Tal actitud puede llevarnos al individualismo, con incapacidad para cooperar y acompañar frente a objetivos y situaciones comunitarias, porque queremos demostrar que no nos dominan, que somos “piolas” y podemos zafar de las obligaciones o las reglas impuestas por las autoridades en determinadas circunstancias.
Más que practicar la obediencia ciega, se trata de asumir con respeto cuando, esencialmente, se interactúa con otras personas del entorno en la sociedad. Esa incapacidad de cooperación pone en riesgo no únicamente la integridad propia, porque también los demás quedan afectados cuando alguien trasgrede una norma que debiera ser colectivamente aceptada para el éxito de un propósito.
Las aciagas circunstancias de la salud nos han puesto frente a situaciones colectivas que dependen sustancialmente de la similitud en las conductas sociales. No obstante, este panorama imperativo y temible no logró unificar criterios en cuanto al cumplimiento de normas que preservan a los habitantes de la nación.
Nuestras estadísticas dan cuenta de los vehículos “capturados” en Capital Federal por los controles rigurosos y plausibles que se han implementado; los videos publicados por los canales han desbordado nuestro asombro con gente escondida en los baúles, o de jóvenes arrogantes que no se someten y agravian a quienes cumplen con su deber controlando a los transeúntes en una importante urbe cosmopolita como es Buenos Aires. O aquel que sale a festejar, contagia y produce la muerte de su abuelo, etc.
¿Lo contarán luego en los más íntimos círculos como hazañas de súper héroes? ¿Sienten desprecio por la vida reglamentada, ordenada y con objetivos claros de organización y amparo frente a una pandemia jamás vista? Actúan al margen de toda la avalancha de información que circula; desconocer es rayano a la ignorancia más profunda, es la ceguera de quien no quiere ver ni oír, a pesar de estar normalmente dotado de la riqueza de sus sentidos. La anomia es el debilitamiento de la moralidad con frecuentes desviaciones sociales, como el punto de partida de la general aceptación de un comportamiento extraño en la sociedad. Afortunadamente, son los menos, aunque hoy la información nos llega al instante y la suma de ellas nos invade con una sensación de incredulidad. Hasta sentimos pesadumbre por aquellos que sí deben transitar y cumplir con sus obligaciones porque pertenecen al rango de los “imprescindibles” y allí están, aparentemente libres pero sujetos a aparecer en la nómina de los contagiados.
Más se lee, más conflictos se conocen y la credulidad zigzaguea. ¿Le doy crédito a esto o lo descarto? ¿Será verdad la noticia o responde a intereses creados? ¿Qué sucede entre estas naciones; es verdad que la noticia debiera habernos llegado mucho tiempo antes? ¿Y por qué no ocurrió así? Hipócrates, fundador la Escuela de Medicina Hipocrática en la antigua Grecia, afirmaba: “Las enfermedades no nos llegan de la nada. Se desarrollan a partir de pequeños pecados diarios contra la Naturaleza. Cuando se hayan acumulado suficientes pecados, las enfermedades aparecerán de repente”. Y cuando aparecen, debemos actuar con conductas cooperativas que aseguren el resultado satisfactorio para beneficio ulterior de toda la humanidad.

