La ciudad como hogar público

“Para escribir, solo se debe tener algo que decir”, sostenía Camilo José Cela, escritor español, autor prolífico y representante de la literatura de posguerra. “Algo para decir”, cuando ese decir es común a un cuantioso número de habitantes, puede parecer no original y anodino, ya que cada día transcurrido por todos en el mismo lugar significa coincidencias de visiones, espacios y circunstancias, harto conocidas.

No obstante, cuando se trata de la ciudad donde se vive, aunque el sitio sea habitual y compartido, para algunos pasará desapercibido y para otros conmoverá su aspecto inusitado; una fisonomía insólita frente al hecho extraño, desconocido hasta el momento por niños, jóvenes y adultos. También para quienes acumulamos experiencias de todo tipo a lo largo de los almanaques transcurridos y a la creencia de que “todo había sido visto y vivido sobre este planeta llamado Tierra”.

El país entero se sacude y más allá en la geografía nos encontramos hermanados en el desasosiego y el padecimiento. Pero es esta, la patria chica, la que nos agita y conmueve, la patria adoptiva, en mi caso, que seduce con sus rituales de encuentros, las sonrisas y abrazos, lo propio y lo cercano, lo íntimo y familiar, las imágenes de cada día, esa rutina necesaria y obstinada, los aromas de lo simple… un cúmulo cotidiano que atrapa y se convierte en la esencia del convivir ciudadano.

“Ciñen el alma sus lazos / rodean el refugio del nido / y entretejen tres sílabas / de un nombre / Sunchales”… /escribí en “Sembradores de estrellas” (2011) como homenaje a la ciudad al cumplir sus 125 años de vida, compartiendo el libro con mi amiga Griselda Bocco, ambas docentes que hicimos de este sitio un altar donde agradecemos de manera constante todo lo que la ciudad nos concedió.

Y ahora, sumida en la problemática actual – con su población responsable que cuida el patrimonio de la salud-, proclama el valor del compromiso y cierra sus puertas, reduce su exposición social y obedece porque entiende que el deber es oro neto, una conducta que revela el valor ético de cada sunchalense. Acompañan, así, el meduloso trabajo de las autoridades que, presurosas, metódicas y eficientes, han logrado un lugar saludable, seguro y protegido.

Asombra y emociona conocer los nombres de pequeñas y lejanas provincias de gente humilde y responsable que nos han imitado y hoy proclaman la ausencia de esa problemática del contagio, frente a grandes centros urbanos vulnerables que no pudieron lograr un lugar virtuoso en las estadísticas generales.

La ciudad es un hogar público; un hogar que compartimos y custodiamos. Hoy vemos ese hogar desolado, sin el dinamismo y la energía que lo distingue, desprovisto del bullicio tradicional y del impulso de su gente. Pero entendemos que así debe ser la compostura porque somos seres racionales que entendemos, acompañamos y proyectamos un futuro sin acechanzas. “La felicidad del cuerpo se funda en la salud y la del entendimiento, en el saber”. Los sunchalenses hemos basado sobre el cimiento del saber, el andamiaje de la salud.

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