Una escuela queda grabada para toda la vida en la memoria y en el corazón de cada alumno que pasó por sus aulas. O así debiera ser, tanto de Jardín como en los otros niveles progresivos. El aprendizaje, la amistad, los juegos, los docentes, los compañeros, los recreos, los actos, las pruebas, todo conforma eslabones engarzados en años de vida rica, gozosa, añorada, que siempre nos acompañará a lo largo de nuestra vida.
Cuatro escuelas están en rincones selectos de mi memoria, como ámbito sagrado que nada olvida y enriquece el alma reviviéndolas. La escuela N° 375 de Ataliva aún vive intacta en mis recuerdos, la escuela Normal de Rafaela donde obtuve mi título y conocí a mi esposo, también docente. Luego la escuela Ameghino, techo donde además se cobijaron mis tres hijos y seis nietos, además de mi nuera, para culminar en la Dirección de la escuela N° 1212.
Todos ámbitos sagrados donde pudimos dar y recibir lo acontecido durante inolvidables años de convivencia con alumnos, padres, docentes, cooperadores, hasta el último saludo que nos permite valorar el camino recorrido. Ámbitos donde los padres y cooperadores trabajan por el material de estudio, las comodidades, toda la tarea de acompañamiento voluntario y valioso para esa tarea en los salones que cobijaron sueños, anécdotas, saberes, en una etapa maravillosa de la niñez.
Volvemos a esos edificios con idéntica emoción, participamos de comisiones incluso estando jubiladas y dentro de esas paredes volvemos a ser estudiantes vestidos de adultos que regresan para repetir emociones, para revivir momentos inigualables y pensar en un futuro que incluye aquellos edificios amados.
¿En qué mentes cabe el deseo de romper, destrozar, robar y apoderarse de lo ajeno? ¿El destino de lo recaudado será para abrigos y alimentos? Lo dudo. ¿Qué resabios anidan en el ánimo de los ladrones nocturnos que aprovechan la ausencia de niños y maestras para romper, penetrar, apropiarse y huir? Es más que un desapego, es cizaña, es propósito donde anidan la destrucción, la rotura despiadada y la oportunidad de la soledad nocturna.
Nos duele a todos, no solamente a niños y docentes actuales; especialmente para el entendimiento a esa edad, frente a la rapiña desmedida. Es como profanar un templo, porque atentar contra la cultura, la educación, la infancia y el trabajo de los colaboradores no tiene contemplación.
Otros acontecimientos tristes se agregaron al robo. Todo integra un panorama que duele porque es nuestra Escuela Ameghino, la que nació con el pueblo, tan ligada a los primeros alumnos sunchalenses y a quienes estuvimos y estamos enlazados a su vida.


