El decoro nos habla de respeto, vergüenza, recato, caballerosidad, prudencia, toda una gama de virtudes que se van adquiriendo en el hogar; se profundizan en la escuela y en las actividades de socialización. Quien asume el decoro como norma de vida conoce la inconveniencia de ciertas actitudes, el impudor como norma deplorable, la inmoralidad y el atrevimiento como conductas censurables.
El ser humano va ejecutando consignas de conducta honrosa porque responde a patrones, a modelos que le inculcaron, que le mostraron como ejemplos. Además del hogar que es fundamental, la escuela colabora transmitiendo esos valores para formar la personalidad y modelar su carácter. Suele proclamarse que la educación es la brújula que orienta esas conductas y un ser humano graduado, con años de estudio, tiene asegurado su proceder en cuanto a su vida íntima y frente a la sociedad donde actúa.
Desgraciadamente, no siempre se cumple esta consigna. Conocemos altos profesionales que realizan actos de corrupción; sus diplomas no aseguran la honestidad y el decoro, en contraposición a veces con aquellos seres humildes que no alcanzaron los claustros académicos y no obstante son respetuosos, ubicados, honorables, porque amasaron precisamente esa cultura en la familia, primera célula de la sociedad.
Si no se cuenta con la materia prima que modela la vida familiar, difícilmente el estudio solo podrá adornarlo en su espíritu. Y la vida actual nos revela innumerables ejemplos de imprudencia, atrevimiento o incorrección. Creyendo que ya habíamos visto todo y nada nos impactaría movilizándonos con la sorpresa, existe un listado de ejemplos mostrados en escenas públicas que nos dejan pasmados, estupefactos, alarmados por los niveles de grosería, insolencia y vulgaridad.
Hace un tiempo hemos asistido al ataque perpetrado ante el monumento erigido para honrar a nuestros héroes de Malvinas. ¿A quién se le ocurriría? ¿Qué significado tiene Malvinas para este enjambre de irreverentes? Otro jovencito que orinaba sobre la figura de uno de nuestros próceres más insignes en el espacio público… ¿producto de un estado de drogadicción, tal vez? Y varias afrentas, en distintas zonas del país, infligidas a nuestro pabellón nacional, honroso estandarte que Belgrano nos legara.
Las jóvenes reaccionarias que proclaman consignas produciendo la división de opiniones en la sociedad han cometido y filmado como constancia una de las más deplorables actitudes porque, además de mostrar sus partes íntimas, seleccionaron la Catedral de Buenos Aires para evacuar sus desechos y mostrar al mundo su total desapego por el ámbito sagrado.
Muchas son las constancias que recogimos de los desmanes y destrozos en lugares públicos como producto de las concentraciones en Plaza de Mayo. Sumamos a esa nómina la fotografía que nos muestran actualmente las redes, con las parrillas que ostentaban los chorizos… ¡nada menos que en la calle, frente al Honorable Cabildo, recinto histórico de nuestros virtuosos Hombres de Mayo, esculpidos en páginas de gloria! Y allá en el sur, donde apiñadas las familias resistían el atropello de la usurpación, se apersonó la Gobernadora, autoridad máxima de la provincia, acercándose al problema en correcta actitud de mandataria responsable… ¡para recibir piedras e insultos! Todo esto, como mínimo comentario de otros múltiples ejemplos.
Si nos remitimos a la historia lejana, recordamos que la decadencia del ciudadano provocó la caída del Imperio Romano, allá por el año 476 y produjo el comienzo de la edad Media. Suele decirse que después de una crisis donde se toca fondo surgen mejoras, cambios y florecimientos. O, si caemos en el pesimismo, podríamos considerar que una generación viciada como formadora de nuevas familias engendrará modelos con iguales paradigmas lamentables o más acentuados aún. Dios quiera que no sea así.


