Salimos en bicicleta hasta un determinado lugar, nos bajamos y a pesar de dejarla con su correspondiente candado, cuando volvemos a buscarla ya no está. Los amigos de lo ajeno se la han llevado, seguramente bien provistos para doblegar la cadena y el candado. ¿Qué decimos, desolados? ¡Me robaron! Nos ausentamos de nuestro hogar y al regreso nos estrellamos con una triste realidad al comprobar que los amigos de lo ajeno se han hecho presentes en nuestra vivienda para llevarse lo que no les pertenece y que a nosotros con tanto esfuerzo nos ha costado adquirir. ¿Qué decimos, espantados? ¡Nos robaron!
Porque robar es desvalijar, sustraer, asaltar, despojar, saquear, llevarse, piratear, “afanar”. Innumerables palabras para definir un hecho que se ha convertido en ritual cotidiano, aquí y en cualquier lugar de la sociedad argentina. Asistimos rendidos a la consumación de la hazaña que seguramente están festejando nuestros asaltantes. A esperar después como ilusos que se resuelva el suceso y nos devuelvan lo que nos pertenece. Los malos hábitos se han arraigado de tal manera que constituyen una norma de conducta delimitante entre la comunidad de honestos y los deshonestos; de trabajadores y parásitos; de obreros y cleptómanos que han hecho del delito una norma de vida enviciada.
Pero la modernidad nos ha llevado a otro rango de los despojos, llamados “usurpaciones”. Se dice que los pueblos originarios sufrieron la usurpación de sus territorios frente al avance de las corrientes inmigratorias que asentaron sus viviendas en la amplia llanura porque venían a labrar esa tierra fructuosa tan ávida de parir los frutos de su vientre. Los originarios debieron replegarse ante ese avance dominante en este suelo donde se sentían dueños. Pero… no existían papeles, ninguna escritura otorgada por las autoridades pertinentes, ningún compromiso asumido para un trabajo de explotación de la tierra y por ende, para producir alimentos generando el proceso de la industria y la comercialización.
El acceso a la vivienda es una de las necesidades básicas del ser humano, como lo es la comida, la salud, la vestimenta. Pero si un terreno tiene dueño legal, con toda la documentación pertinente, querer adueñarse de lo que otro semejante pudo conseguir con trabajo, esfuerzo y sacrificio, es también un robo, un querer adueñarse de lo ajeno.
Las historias de quienes carecen de vivienda, o bien la tenían pagando un alquiler pero debieron desocupar porque se quedaron sin trabajo, conmueven a sus semejantes pero la solución no puede provenir solo de individuos aislados que pierden sus legítimos logros ante la irrupción de los despojados. Usurpar invadiendo terrenos que poseen dueños con nombre y apellido, con documentos legales de posesión, es un delito. Aunque algunas autoridades lo nieguen, incomprensiblemente.
¿Y el Estado? Años han pasado sin ver elevarse las paredes en barrios que debieran surgir de planes trazados por las autoridades para ofrecer a la sociedad la posibilidad de viviendas dignas, factibles de ser abonadas a través de una financiación viable y dilatada en el tiempo.
Lo tuyo es tuyo y no mío; si te lo quito estoy robando. La desesperación puede llevar al ser humano a la usurpación, pero se deben golpear otras puertas y no avasallar los ámbitos de quienes son los auténticos dueños, honestos y legalizados.
Son gritos sobre la falencia cometida por quienes no previenen para dotar a sus habitantes de las mínimas necesidades: una vivienda digna que no será regalada si esa familia también adquiere el hábito del esfuerzo y el compromiso de abonar paulatinamente lo que recibe: un techo donde cobijarse con honestidad y decoro.

