La lluvia esquiva del verano intenso apareció como una bendición con toda su abundancia a cuesta, precisamente en este Miércoles de Ceniza. Fecha que da inicio a la Cuaresma, esos cuarenta días que preceden y preparan el sendero hacia la celebración de la Pascua de la Resurrección, considerada la más importante para los que somos católicos, quienes deberemos dedicarnos a la oración, el ayuno y la abstinencia, con el propósito de vivir la Semana Santa.
Este miércoles y en la Parroquia San Carlos Borromeo, nuestro sacerdote Fernando Sepertino habló también de la solidaridad, esa adhesión o apoyo incondicional para causas o intereses ajenos, especialmente en situaciones difíciles, cambiando el egoísmo por el acto solidario. Servir a otros; ayudar a los menos privilegiados; brindar apoyo sin recibir nada a cambio. En sicología, la solidaridad se refiere al sentimiento y la actitud de unidad basada en metas e intereses comunes. Es un término que se refiere concretamente a “Ayudar”.
El miércoles de cenizas es coincidente con el cierre de la celebración de los carnavales. Estas cenizas resultan de la quema de los ramos de olivos con los que se celebra el Domingo de Ramos del año anterior. Las mismas fueron impuestas sobre nuestras frentes en forma de cruces -durante la misa- como un recordatorio de que la vida terrenal es temporal.
En su homilía, el Sacerdote comparó la diseminación devastadora de la erupción de un volcán cuando despliega su lava sobre sembrados, tierra fértil en producción, poblaciones cercanas que ven así ahogadas las manifestaciones de la naturaleza. No obstante, el tiempo podrá sanar las heridas y el resurgimiento o resurrección será una realidad para que vuelva a manifestarse la vida pura.
La Cuaresma es un tiempo litúrgico de conversión. El ayuno, la oración, la abstinencia y la solidaridad nos llevarán a la reconciliación, el arrepentimiento en ocasiones, la transformación y enmienda, la conversión a través de propósitos que no quedarán únicamente en los presagios endebles y etéreos, sino a través de sólidos objetivos que se materializarán después de una firme promesa.
El templo semilleno fue realidad contundente de la apetencia de los fieles por estar presentes. Afuera, el viento arreciaba y la lluvia nos recibió con su rigor que no era amenaza sino contundente realidad, a pesar de los paraguas. Conmovidos, sobre nuestras frentes portábamos las cenizas transmutadas en cruces.

