Otra vez, los sábados y la fe

Puede ser en cualquier lugar. Y también a cualquier hora. La oración acude a nosotros, casi sin requerirla, porque está instalada en nuestra memoria y en los corazones. Desde que aprendimos el catecismo, allá lejos en el pueblo y despertamos al encuentro con la eucaristía- sagrada comunión de aquel día inaugural en agosto-, nuestro vínculo mantuvo su intensidad y constancia.

El hogar, la calle, una capilla, el espacio se multiplica. La noche antes de emprender el sueño; la mañana para agradecer la vida, cada momento de la jornada, los instantes acuden para ser propicios; el rezo aflora a nuestra memoria y se ubica en nuestra voz. Evoco a mi madre y su invalidez, prestas las manos para el tejido amoroso dedicado a los nietos y el movimiento de sus labios al susurrar, imperceptibles, las oraciones.

Aquel templo más pequeño del pueblo con la figura de San Roque, ámbito de innumerables encuentros, fue sustituido por la casa de Dios que ofrece esta ciudad con San Carlos Borromeo como Patrono. Recinto sagrado donde los hijos recibieron los sacramentos del bautismo, las comuniones y confirmaciones, además de las sagradas ceremonias de esponsales, paso preliminar para dotarnos con la dicha inefable de recibir a los nietos.

Y otra vez los eslabones de la vida bajo el mismo techo: bautismos, comuniones y confirmaciones, pero esta vez con la maravillosa riqueza de sentirnos abuelos, repitiendo enternecidas historias, la que fuera nuestra y luego la de nuestros hijos. Los recuerdos inundan con su carga de emociones, inalterable la memoria porque fueron momentos sagrados vividos por la familia que fue creciendo como el trigo en el surco de la sangre y multiplicando los apellidos, además de las alegrías y el orgullo.

A ellos agreguemos el hábito de la misa los sábados por la tarde. ¿Cuántos sábados en tantas décadas? Esos muros, esas imágenes, cada elemento que nos narra la historia de aquellos gringos empeñados en construir un templo allá por 1894 y concluirlo en 1896 a pesar de las inclemencias que frustraron sus sueños como agricultores. El Padre Cayetano Montemurri, calabrés, sostuvo sus convicciones y atrajo a los vecinos para la construcción. Excelsas paredes dentro de las que transitó la historia de un pueblo católico que celebró hechos cotidianos y también los históricos.

En las ciencias de la salud, en particular las del comportamiento, se denomina hábito a cualquier conducta repetida regularmente. No se trataba de una rutina; era una necesidad del espíritu, segmento inmaterial del ser humano con atributos de sentimientos, inteligencia e inquietudes religiosas. El hábito de los sábados en el templo, dolorosa ausencia.

Contemplarlo cerrado acongojaba el alma. Con visitas limitadas que respetaron las consignas para proteger la salud de la población. Luego, la apertura de los barrios con restringidas presencias. Ya nada resultó igual. Aunque los hogares y cualquier lugar fueron propicios para invocar a Jesús y rendir adoración, meditar y susurrar, es decir, los sunchalenses no dejamos de ser practicantes. Pero algo esencial nos faltaba y se acercaban las fiestas patronales.

Finalmente, todo ocurrió anunciando noviembre. Octubre cerró su calendario y allí estuvimos, recuperando el hábito de la fe en los encuentros sabáticos y de sentirnos contenidos en ese espacio específico, tan bello y tan nuestro. Respetándonos, acatamos las premisas y la amplitud nos cobijó separados, pero seguros y emocionados. Y luego, saber que el 4 de noviembre San Carlos saldrá a nuestro encuentro. No transitará en andas por la ciudad pero nos recibirá en su casa. En el frente, estará disponible para nuestra vista y nuestras plegarias.

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