Presentación del Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario

(Contacto IRB) – Mis primeras interacciones con la ciencia se las debo a mis maestros. A ellos también debo agradecerles haberme enseñado el camino del conocimiento, disfrutar el sólo hecho de saber, de conocer. También aprendí, sin darme cuenta en esos tiempos, que era esencial el trabajo en equipo, de maestros y alumnos, de pares, de compañeros. Sin embargo, en esos años de escuela pensaba que en la ciencia las cosas eran diferentes.

Mi imagen del científico mucho distaba de lo que luego descubrí era la realidad. Veía al hombre recluido en su laboratorio, alejado del mundo en pos de su invención. Pensaba en los científicos como hombres viejos, generalmente huraños, con un cierto desaliño intelectual, per se diferentes a todos nosotros, la otra gente. En mi mundo de niño, los científicos trabajaban solos, como lo había imaginado en su novela Mary Shelley describiendo al Dr. Frankenstein. Siempre trabajando en oscuros laboratorios, escondidos, aislados. No se me ocurría que necesitaran interactuar con otras personas, ellos seguramente todo lo sabían. Pasados los años, la realidad resultó, al menos para mi, totalmente diferente.

La Ciencia (la buena Ciencia) se basa en la interacción entre personas. La construcción del conocimiento se nutre de múltiples vínculos, muchos necesarios, algunos esenciales. Cuando se quiere dejar una marca, contribuir en serio, el primer vínculo del científico es con su gente. Sus vínculos con sus maestros, el director que lo formó, sus vínculos con los discípulos que forma. Su tarea nace de la continua relación con aquellos con quienes trabaja, sus becarios, sus tesistas. Deben concretarse verdaderos canales de comunicación para transferir experiencias, para resolver inconvenientes. Pero aún con las fortalezas que integrar un grupo le confiere, el científico estaría desprotegido si no se rodeara e interaccionara con sus pares. Estos vínculos se confunden o convierten en amistad en muchos casos. Son la cimiente de instituciones que, si estos lazos son fuertes, genuinos, nutridos por principios, perviven a los hombres que las crearon y se convierten en valiosa propiedad de toda la sociedad.

La red de vínculos es aún mayor y los científicos necesitan de interacciones con sus pares, aún con aquellos que se encuentran trabajando a miles de kilómetros. Lo hacen a través de sus escritos, de revistas o de hecho, generando colaboraciones donde se comparten idénticas preocupaciones, se tratan de contestar las mismas preguntas. Pero si algo se destaca en la sociedad moderna es el vínculo que existe entre los nuevos conocimientos científicos y su aplicación a través de la tecnología. Para que el lazo anterior exista, otro vínculo primordial tiene que ser generado y mantenido y es aquel que debe existir entre la sociedad y sus científicos. A través de estos vínculos la sociedad internaliza el impacto de la ciencia en la vida cotidiana, se enriquece la opinión pública y se propende a que aquella inversión en Ciencia se refuerce y sea apropiadamente utilizada, y finalmente que los conocimientos generados redunden en un beneficio para la gente.

Aprovecho esta oportunidad para enviarles mis saludos y el de todos los miembros del IBR

Dr. Eduardo A. Ceccarelli, septiembre de 2007
Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario

Relacionadas

Ultimas noticias