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Recuerdos y más recuerdos, la historia del clan Audero – Capítulo 8

En estos 63 años de actividad comercial, desde 1948 a 2011, pasamos por todos los gobiernos de turno, desde el primer mandato presidencial del General Juan Domingo Perón, hasta por la actual presidenta, la señora Dra. Cristina F. de Kirchner. Nadie, pero nadie, nos regaló algo. Todo se hizo a pulmón.

Debemos reconocer que Perón en su primer gobierno, le dio a la masa obrera muchas conquistas sociales, como vacaciones, aguinaldo, ropa, y sobre todo un sueldo más digno. En otras palabras, les dio la mano. Pero lamentablemente, los muchachos lo tomaron de la mano, el antebrazo y el brazo. No ahorraban nada, consumían todo lo que ganaban, le tomaron el gusto a trabajar lo menos posible, y hasta se consideraban dueños de los negocios e industrias donde se empleaban. Se formó la comisión llamada «El Agio», que controlaba los precios, pretendiendo que se venda a menos valor de lo que uno compraba.

A pesar de estos inconvenientes políticos, Sunchales iba creciendo en población, y en pequeños negocios, como despensas y kioscos, y por ende, nosotros teníamos cada día más clientes para atender.

Mientras tanto, yo Chocho, terminé la primaria, que por esos tiempos era hasta 6º grado, en la Escuela Fiscal. Tuve la oportunidad de seguir el secundario, porque en la Parroquia San Carlos se estudiaba para recibirse de comercio. Fui algunos días por la tarde, pero como no me gustaban nada pero nada los números, dejé de ir. Yo ya tenía 14 años. Quiero dejar en claro, que por ser muy inteligente, súper inteligente, repetí 1º y 4º grado.

Qué curioso es el destino. Hasta esa etapa, yo buscaba los caballos y también hacía el llenado de los sifones dos horas al día. Paradójicamente, a mí que no me interesaban los números, me dediqué casi exclusivamente a la parte de administración, estando en mi bendito escritorio, gracias a Dios, por 63 años.

Teníamos por ese entonces unos treinta proveedores, es decir, nos visitaban esa cantidad de viajantes, casi todos de las ciudades de Buenos Aires, Rosario o Santa Fe y de distintas firmas, que nos vendían bebidas alcohólicas, vinos, refrescos, y toda clase de licores.

Yo los atendía todavía con pantalones cortos, y los veía a estos señores como gente mayor, que venían en auto y vestían de primera, con trajes, camisas, chalecos, corbatas y sombreros. Es más, tuvimos que comprar un perchero para que cuelguen estos últimos.

Yo llamaba la atención de todos, y me felicitaban porque era el único menor encargado de hacer las compras, de toda la inmensa clientela que tenían en las distintas ciudades o localidades que ellos visitaban. Me admiraban por el enorme conocimiento que yo tenía, y por decidir qué cantidad de las diferentes bebidas comprar, sin consultar a papá o mis hermanos.

Como lo comento, parecería que yo fui el único que llevaba el negocio adelante, pero no. Fue el conjunto de cuatro personas que trabajábamos, cada cual en su función, con amor, honestidad y sinceridad, sin cuestionar si uno trabajaba más horas que otro.

Delio seguía con su interminable reparto, cada día mayor, con más clientes de boliches y casas de familia. Olivio, el llamado «Hombre Orquesta», en un camión Ford modelo 1936 con un acopladito que habíamos comprado para ahorrar el costo del transporte, viajaba dos veces por semana a Rafaela para comprar Vino Soberano, marca que fraccionaban los señores Gazzera y Zurbrigen, y cada diez días a San Carlos Sur, para adquirir cerveza y porrones, en la cervecería San Carlos S.A.

Estos trayectos se realizaban siempre por camino de tierra, porque la internacional Ruta 34, creo yo que estaba próxima a los 100 años, aún no estaba pavimentada. El pavimento apenas llegaba hasta el cruce de Angélica. Pasaron varios años hasta que llegó a Rafaela y continuó hacia Sunchales. Mejor dicho, llegó a la altura del cementerio local, y pasaron otros muchos años más hasta que se retomó con la obra de la interminable, importante y necesaria Ruta 34.

Chocho durante el servicio militar, año 1957.

Mientras nosotros, ya bajo la firma Audero Hnos., a pesar de todos los obstáculos que se presentaban, seguíamos a base de lucha, sacrificios y trabajo, creciendo comercialmente cada día más y a un ritmo de locos, llegó el 23 de agosto de 1956, día en el que cumplí los 20 años de vida, y me tocó hacer el servicio militar.

Fui incorporado el 20 de diciembre de 1956. Lo pasé a buscar a Miguel Nicola porque él también era de mi clase, y fuimos los dos a pie hasta la segunda parada de colectivos que había en Sunchales, en la esquina del Hotel Mayo, de Don Lorenzo Monteferrario y Cía., situado donde actualmente se encuentra la moderna Clínica Sunchales.

Me destinaron junto con otros jóvenes -aproximadamente un total de mil chicos transformados en soldados- al Cuartel Militar de la ciudad de Diamante, 3º Artillería Montada a Caballo, cosa que no me resultó nada extraña, conociendo yo a estos benditos animales.

La ciudad de Diamante estaba a unos 50 kilómetros al sur de la ciudad de Paraná, la distancia no era mucha, pero al no estar todavía el túnel subfluvial, ni siquiera se pensaba en esta gigantesca obra, se demoraba casi dos días en llegar a Sunchales. Por lo tanto, regresar a casa y volver a tiempo a Diamante era imposible, no alcanzaban los días a pesar de que nos daban feriado de viernes a lunes.

Chocho (segundo desde la izquierda) junto a compañeros del servicio militar, año 1957.

Si me hubieran dado cinco licencias de diez días cada una, ya hubiese sido más tiempo para volver y estar unos días junto a mamá, papá y todos los chicos.

Me tocó estar todo el año 1957, y hasta el 13 de marzo de 1958. En total estuve casi 17 meses. Todos me decían que fue por haber sido buen soldado, pero era mentira: me apodaron «El Flaco Rosarino».

Durante este período que falté, debo reconocer a Guita que, si bien a veces no nos tratamos muy amablemente, ella también colaboró con el negocio, reemplazándome un par de horas diarias. Lo demás lo hacía Olivio, que conocía muy bien el movimiento del negocio.

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