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Robledo, los relatos y las letras

Encarar una nueva experiencia, un desafío, siempre es algo motivante. Más si la propuesta viene «endulzada» con la posibilidad de, no solo dar una mano a un querido amigo, sino también de colaborar activamente para que éste quede en la historia.

Esa fue la zanahoria que con muy poco esfuerzo me puso adelante meses atrás Fernando Robledo.

El camino que transitamos juntos resultó ser sumamente productivo. Pudimos completar el propósito en tiempo y forma, comenzando este año con las mieles del éxito, los positivos comentarios de las repercusiones y porqué no, algún otro proyecto en el horizonte.

Tal vez en un futuro, podamos ir reproduciendo parte de las historias, anécdotas y detalles contenidos en más de 150 páginas que retratan sin tapujos la figura de Robledo. En el mientras tanto, me parece adecuado difundir el prólogo, el cual tuve el honor de redactar y que pasó de ser la nota de cobertura de la presentación formal del libro que iba a escribir aquí, en el sitio, a nada menos que el encabezado del libro.

Otra vez, gracias.

Fernando, con la copa y la camiseta del ascenso, donde se daría el inicio de esta fantástica aventura.

Prólogo
Fernando Robledo es un mentiroso. Más aún, miente con la impunidad que le confiere el no saber que está haciéndolo. Un total desparpajo. Miente cuando me dice -y lo tengo grabado- que no es un tipo especial, que es una persona común como yo…

Nada más alejado de la realidad. Es que él no sabe aún que es una persona absolutamente extraordinaria. No creo exagerar si postulo que es un “tocado”, un “elegido”. Pasa que tiene esa cada vez más extraña característica de ser recto, simple, con códigos y que entiende rápido y bien cómo es esto de ser amigo, de entregarse por los demás. A las pruebas me remito: cerca de 150 páginas de múltiples testimonios así lo atestiguan y no podemos ser tantos los equivocados, Fer.

He tenido la fortuna de tener un medio (sunchaleshoy) que difunde noticias de la ciudad en la web. Más de una vez, la cantidad de eventos y la altamente escasa dotación de personal hizo que debiera estar en otro lado y no en la cancha. Pero eso no era del todo así, porque sí estaba en “El Hogar de los Tigres”. Porque escuchar tus relatos era exactamente igual a estar viendo el partido desde la tribuna. Nada más simple que hacer una crónica, con un mate y la radio donde te escuchaba.

Quienes tuvimos la fortuna de experimentar en carne propia el hacer las transmisiones en la era previa a la telefonía celular, sabemos que cualquier “persona común”, como vos insistís en definirte, no podría nunca soportar 25 años de eso… Las dificultades, los inconvenientes, las limitaciones multiplicadas exponencialmente por una cadena de imprevistos que se renovaban constantemente, son un desafío pequeño comparado a los viajes de cientos de kilómetros, horas arriba de micros para seguir a un deporte que si acá terminó siendo popular, en buena parte es por vos.

Mucho es lo que te debe la ciudad pero caprichosa como es Sunchales con sus hijos destacados, seguramente pasará bastante tiempo antes de que lo vea (¿se retiran micrófonos como se hace con las camisetas de los jugadores franquicia?). No hay que preocuparse demasiado, la gente, el común, te conoce y reconoce. ¿Sabés cómo lo demuestra? Te extraña relatar. Extrañamos ese ritual de viernes y domingo en donde en cualquier lugar: una casa, un asado, un auto, dejábamos de lado la música de ocasión para poner la radio… ¡la radio! Y escucharte para ver cómo le iba a Libertad y no importaba si eras del Tigre o Bicho Verde, escuchabas igual porque el que jugaba era Sunchales y el que relataba no podía ser otro que Robledo; al punto tal que la pregunta obligada era: “¿lo escuchaste al gordo Robledo?” y luego si, se consultaba por el resultado del partido.

Recuerdo que una vez, te convocaron para conducir un acto oficial del Municipio… qué raro escucharte ahí, pero también lo hiciste bien, como tipo extraordinario que sos.

Espero que entre todos estos argumentos, por lo menos, te entre la duda, que entre todos los testimonios que reunimos y los que quedan aún a las vueltas, sumen para convencerte. Lo mejor de todo es que ya no importa tanto lo que vos pienses sino que tendrás el privilegio de que tu hijo vea cuánta gente piensa como yo, que sos un groso que hizo lo que le apasionaba, viviendo de eso sin dejar de ser buena persona.

Un honor, un placer poder estar aquí presente, ser contemporáneo de este ilustre sunchalense que puede quedarse tranquilo, con este libro, de haber terminado la trilogía de mandatos esenciales. Ojalá en algún momento podamos volver a disfrutarte en tu faceta de relator y sino, nos quedarán los registros de aquellas épicas noches sabiendo que no es necesario tener videos para verlas otra vez sino que basta con escucharte.

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