Tómbola y un especial homenaje

Tombola t sus amigos Diego y Juan Cruz. (Mirta Rodriguez)(Por: Mirta Rodríguez) – Cuando decidí rescatar la historia de Tómbola y mostrar detrás de la imagen que este can supera largamente la categoría común y corriente, en la cual los humanos encuadramos a los de su especie, no me di cuenta que en la cronología del tiempo, restaban apenas días para que se cumpliera el primer aniversario de aquella fría jornada de junio del 2.006, cuando el enorme y fiel corazón de Fidel se cansó de latir y sin más determinó que su dueño pasara a ser recuerdo y se fuera para siempre y sin aviso, a la dimensión de los sueños hermosos, plenos de amor, justicia y solidaridad.

Sin embargo, cuando imprevistamente cobré conciencia de la cercanía del recordatorio de este suceso que a los sunchalenses nos privó de un protagonista popular y querido de la vida cotidiana, tuve la certeza –ya que la mayoría de las cosas ocurren por causalidad y no por mera casualidad- que quizás desde algún rincón de ese espacio especial en donde se encontraba su espíritu y a través del vínculo intangible pero real del afecto, Fidel -con su típico e inconfundible andar de equilibrista sostenido por tres patas y con un guiño de sus ojos mansos- había influido para que eligiera contar la historia de su congénere Tómbola.

Por cierto la misma es muy diferente a la suya, pero lleva implícita idéntica intención: brindarse sin medidas y sin cálculos hacia quienes simplemente, saben entender -sin necesidad de palabras- la sensibilidad de un ser vivo creado por Dios, no para competir con el hombre, sino para ser su amigo en forma incondicional.

En homenaje a Fidel que fue testigo y partícipe del acontecer de la vida ciudadana es que me propuse averiguar más detalles acerca de la historia de Tómbola, cuyo nacimiento no está bien determinado donde se produjo, ya que existen versiones contrapuestas.

Algunos -por ejemplo el popular Víctor- asegura y sostiene que Tómbola llegó a este mundo –junto a varios hermanitos- en el Barrio 9 de Julio, en tanto otros dicen que la madre de este particular “pichichus” pertenecía a una familia vinculada con el Club Atlético Unión.

Más allá de estas disidencias que no importan demasiado, lo cierto es que Tómbola nació hace más de un lustro y es digno representante de la raza “PP”, o sea, “puro perro”.

A medida que fue creciendo –y vaya a saber uno por qué- su alma de callejero incorregible lo llevó a inclinar sus preferencias nada menos que por el deporte y dentro de las disciplinas que el mismo incluye, eligió el fútbol, aunque nunca se molestó por andar entrenando su voluminoso físico, ni por entender tácticas o estrategias. En realidad, a Tómbola le gusta estar con los jugadores, mirarlos atentamente –como si entendiera algo de ese juego- acompañarlos y no pocas veces –aunque quizás ellos no lo advierten- consolarlos a través de una mirada o un roce de su cuerpo algo tosco.

Su intuición canina le aconsejó que para poder materializar todas esas pretensiones –sin duda muy particulares- debía primero que buscar el continente que reuniera los actores de ese sueño –o sea un club- y sin dudarlo Tómbola optó por Unión de Sunchales.

Aparentemente y siendo aún cachorro entabló buenas relaciones con varios jugadores del equipo verde. El paso del tiempo le permitió acrecentar su núcleo de conocidos, aunque con algunos “se entendió” más que con otros, pero en general, con todos tiene una muy buena onda y no hay futbolista albiverde que no conozca de su presencia .Sin duda todos saben quién es Tómbola y el lugar y respeto que supo granjearse no sólo entre los futbolistas sino dentro del club todo.

Se lo puede ver en las amplias instalaciones del polideportivo unionista, en las cercanías del vestuario local, a la vera del campo de juego, y en ocasión de los partidos, mirando el mismo desde cualquier rincón, donde seguramente y sin exteriorizarlo sufre o goza según las alternativas del encuentro les sean o no favorables a sus amigos, ya que mirando sus rostros, puede adivinar si más trámite, cual fue el resultado final, de ese juego llamado fútbol.

Tanto en el triunfo como en la derrota Tómbola es muy mesurado en sus expresiones. Ni un ¡¡¡¡¡Guauuuu!!!!! fuera de tono o de lugar. Simplemente sabe que debe estar allí acompañando al equipo, estático durante todo el tiempo que dura cada período del juego, tratando de no mover demasiado su cuerpo grandote cubierto por un pelaje de un tostado arrepentido, que en varios sectores se aclara y se torna de color bayo desvaído, para mezclarse finalmente con la corbata blanca de un diseño un tanto desprolijo, que termina perdiéndose en su pecho ancho que evidencia que se alimenta bien y seguido.

Cuando ese hombre que ejerce el rol de árbitro da por concluido el encuentro-ya que según le dijeron a Tómbola es la autoridad máxima dentro de la cancha y el encargado de hacer cumplir el reglamento que rige el fútbol- se dirige hacia la zona de vestuarios. Allí aguarda impasible el ingreso de sus amigos. Se alegra si los ve felices o comparte el pesado silencio que hay en el lugar cuando el equipo fue derrotado. Escucha el ruido de las duchas y minutos después, observa el desfile de los jugadores, que con el bolso al hombro emprenden el camino hacia sus respectivos hogares.

La jornada en el club también terminó para Tómbola. Sin prisa emprende el camino hacia el lugar donde no sólo habrá de alimentarse sino también relajar un poco su físico grandote, cuyo pédrigue se perdió en la noche de los misterios de la genética…

Su andar lo lleva hacia el Bar “12 de Octubre” propiedad de Elvio Stucky y familia, todos ellos vinculados a la entidad albiverde, y en especial al fútbol de la misma. No es casual que Tómbola haya elegido ese lugar, pues además de sentirse respetado y querido, allí almuerzan y cenan varios integrantes del plantel futbolístico, o sea, allí vuelve a encontrarse con sus amigos.

Fácil es suponer que allí no es tratado como un simple “pichichus” callejero, sino todo lo contrario, es la “mascota oficial” del equipo y ese rango no se lo quita nadie.

Desde hace varios meses Tómbola tiene un nuevo amigo, muy pequeño y sonriente el mismo, con el cual se comunica mediante el lenguaje universal de las sonrisas, los gestos y las caricias. Sin que nadie se lo pidiera se convirtió en su compañero y custodio, por lo que no extraña ver su cabezota apoyada en la piernas del bebé que ocupa el tradicional cochecito, como diciéndole con la más tiernas de las miradas: “quedate tranquilo, que estoy aquí para cuidarte”…

Y no es que Tómbola esté pensando cambiar a sus amigos futbolistas por los niños. Nada de eso, ya que él no elige, simplemente suma, y Juan Cruz, el pibe del cual se tornó poco menos que inseparable, es hijo de Diego Núñez, hasta hace muy poco el arquero durante años de Unión de Sunchales y uno de sus más viejos amigos, junto a Enzo Gorniak- el actual ayudante Técnico del plantel que disputa el Argentino “A”-, Samuel Ingaramo, uno de los hombres- gol del mismo equipo y el “Negrucho” Andrés, otro jugador que también suma su potencial al citado conjunto.

Ellos fueron quienes en principio le regalaron a las primeras sonrisas, le extendieron sus manos en gesto amistoso y luego le permitieron que los acompañara hasta sus hogares donde fue espontáneamente aceptado como uno más del grupo, lo que lo llenó de orgullo “perruno” ya que había dejado de ser uno más para convertirse en alguien especial.

Hoy continua disfrutando de esa libertad que consiguió cuando de ser un perro casi callejero, supo demostrar con gestos que tiene un gran respeto por ciertos códigos, en especial los de la lealtad y el agradecido afecto. Sin duda, esas son las únicas y sólidas cadenas que lo unirán para siempre a quienes eligió querer.

A Tito Stucky le debe su original nombre, que tiene reminiscencia de juego de azar, y no terminan allí las sorpresas, porque si uno supone que por las noches su cuerpo enorme reposa en cualquier sitio, con la intemperie más cruda como abrigo, se equivoca largamente, ya que Tómbola tiene amigos que lo “bancan”. Es así que, priorizando su irrenunciable sentido de la libertad y sobre todo, su deseo ancestral de escaparle a la rutina, desde su particular idiosincrasia canina, estableció un “circuito” que incluye una serie de hogares en donde ir a pernoctar, con la seguridad de ser siempre bienvenido, sin tener que tener que “dar ningún tipo de justicaciones”. Reparte entonces sus noches en lo de Tito, Diego o del “Negro” Barraza, aunque de vez en cuando, aparece en lo de Marina o en lo de “Docky” por citar algunos de sus amigos.

Soñando vaya a saber con qué, espera la llegada del nuevo día y luego de estirar cuan largo es su cuerpo, para quitarse los últimos restos de sueño, vuelve a iniciar el trayecto hacia el club, ese que está a la vera de Avenida Belgrano, donde un sin fin de verdes discuten sin continuidad de solución, el derecho a imitar el que integra la divisa de la entidad.

A medida que se acerca al mismo acelera sus pasos, ya que divisa a sus amigos que ya han iniciado otra jornada de entrenamiento. Si bien no entiende mucho eso de verlos siempre correr detrás de algo redondo que según escuchó decir se llama pelota, eso no le preocupa en lo más mínimo, pues de sólo verlos su corazón acelera sus latidos, no puede impedir que la cola se le mueva de puro contento y que sus orejas se ubiquen en posición que indica la alegría que experimenta al poder compartir otro día con ellos.

A unos los conoce desde hace mucho tiempo, a otros desde hace menos y tampoco le es extraña esa sensación de nostalgia por los que se han ido, según le dijeron,”porque lo transfirieron”, “se terminó el préstamo”, “se retiró del fútbol” o “cambió de aire y se fue a otro club”. Muchas explicaciones que seguramente para el entendimiento de Tómbola le resultan complicados de entender, ya que los único que sabe es que no están. Afortunadamente, cada temporada llegan jugadores nuevos, y se repite la magia de volver a empezar.

Lo que sí todos pueden estar seguros es que, a pesar de la simpleza de su mentalidad , en cuando a lo afectivo Tómbola entiende mucho más de lo que muchos suponen, sobre todo en cuanto se refiere a fidelidad y afecto, con la cual garantiza la vigencia de una amistad sin precio ni concesiones.

Quizás la tristeza oculta y “no confesada” de Tómbola sea no poder gritar un gol del equipo de sus amigos, porque su garganta profunda sólo logra emitir un sonoro ¡¡¡¡Guauuuu!!!!! en lugar de un prolongado grito de ¡¡¡¡Gol!!!!, pero lo consuela el hecho de que los jugadores tienen la certeza de que su cariño por ellos es incondicional, que va más allá de cualquier desborde exitista, que estará al lado de ellos en las buenas y en las malas, y sobre todo en éstas, para con su mensaje sin voz decirles, lo que aprendió de tanto estar en la cancha: “Vamos ,vamos, Uds. pueden y no se olviden que el fútbol siempre da revancha”…

La particular arenga de Tómbola seguramente llegará a esos jugadores que por haber aprendido a quererlo y a respetarlo, también saben interpretar no sólo su mensaje sino que lo sienten tan propio, como esa ansiedad especial que los acosa antes de cada partido y que a veces hasta llega a quitarles el sueño, la misma que les confirma porque el fútbol los tiene atrapado y porque despierta en la gente una pasión única e irrepetible.

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