Las cosechadoras de Sunchales – Parte 15

Capítulo VI – Visión histórica de un estudioso

Este capítulo refleja la visión de un esmerado estudioso de los temas sociales, Don Víctor H. E. Zanelli, quien en forma práctica, nos hace vivir aquellos tiempos, que «Estimado lector», deseo compartir con Usted:

En efecto, aquellos hombres, que sin más medios que el esfuerzo sostenido y cotidiano, con profunda fe y honestos designios, crearon, dirigieron y administraron durante muchos años esas fábricas de cosechadoras han (y seguirán siendo) perennemente, un inigualable ejemplo para la juventud actual y para las que nos sucedan.

Realmente, no era nada fácil en los tiempos que les tocó llevar a cabo un emprendimiento de tal naturaleza, donde sólo la iluminada convicción de sus ideas y el excepcional empeño en concretarlas, sin requerir ni demandar nada al Estado, les permitió cumplir consigo mismo, con la sociedad en que vivían y actuaban, con los jóvenes que apetecían trabajo y confiaban plenamente en estos mayores.

La vida agropecuaria de esas épocas en los campos ubérrimos pero incultos de la zona templada de nuestra Patria, era dura, sufrida, rigurosa. Los lotes amplios, si, pero casi inhabitados. Los hombres (y las mujeres) que trabajaban en ellos se levantaban todos los días (laborales, no laborales y festivos) antes que despuntara el sol y realizaban duras tareas hasta que llegaba el anochecer. El campo argentino comenzó a producir más que los habitantes del mismo podían consumir (la población nacional era limitada) y, consecuentemente, buena parte de la excedente producción se exportaba. El mayor ingreso de tal producción lo percibían las grandes firmas exportadoras que residían en Buenos Aires.

Pese a lo ingente y fatigoso que era el sembrar y cosechar, el criar animales y ordeñar, era magro lo que percibían los verdaderos trabajadores.

A principios del siglo pasado era poca la presión impositiva, pero luego se sucedieron los impuestos provinciales, y en el año 1934, se decretó el impuesto a los réditos (hoy impuesto a las Ganancias) por un período «provisorio», que luego se transformó en definitivo y que no perdonó a nadie.

La familia que vivía en el campo moraba en la soledad más absoluta. A caballo o en carros llevados por éstos, se allegaban de vez en cuando al pueblo para proveerse de las cosas más esenciales, marchando por caminos ásperos, descuidados, sin la más mínima comodidad. No había cercanos escuelas, hospitales, correo, ni bancos, ni oficinas públicas. Si los chicos querían estudiar, también tenían que ocupar el caballo. Hoy, es preciso decirlo, todo esto ha cambiado mucho, por suerte.

Luego, a partir de la segunda década del siglo pasado, la situación económica de los trabajadores rurales mejoró. Muchos de ellos, merced a sus esfuerzos y algunas penurias, lograron hacerse propietarios de los terrenos que trabajaban y con ahorro bien entendido y prudencia en sus gastos, accedieron a independencia laboral y necesaria autonomía en la disponibilidad de sus recursos.

Fueron tiempos en que también mejoraron las instituciones políticas y jurídicas del país. Con la sanción de la Ley Nacional 8871, llamada «Ley Sáenz Peña», se logró finalmente obtener la pureza del sufragio (general, obligatorio, igualitario y transparente) para todos los ciudadanos, a fin de elegir los funcionarios y autoridades nacionales, provinciales y municipales. Precisamente, dicha ley tuvo su primera aplicación en el año 1912, en nuestra provincia de Santa Fe, cuando se eligió gobernador al Dr. Menchaca.

Una escena de cosecha en la historia sunchalense, año 1920 (Museo y Archivo Histórico Municipal).

Entre los años 1916 y 1922, ejerció la Presidencia de la República Argentina don Hipólito Yrigoyen, quien contaba ya con 66 años de edad y había luchado toda su vida al frente de la Unión Cívica Radical (y encabezado cuatro movimientos revolucionarios) para imponer justamente la pureza del voto popular. Fallecido en 1933, hoy se lo considera prócer de la Patria.

Durante los seis años de gobierno yrigoyenista, política aparte, aumentó sustancialmente la población del país, arribaron a nuestro suelo muchos centenares de miles de inmigrantes, con el fuerte apoyo de legisladores socialistas se dictaron leyes que favorecían la adquisición de empleo, una hasta entonces desconocida cobertura laboral. La Argentina comenzó a ser una de las principales naciones exportadoras de alimentos, principalmente carne y granos, y también lana y frutos del país.

Aprovechamos para recordar que nuestras mujeres tuvieron que esperar lamentablemente cuarenta años para conquistar el derecho al voto.

En el primer tercio del siglo XX, la situación mundial era azarosa pero al mismo tiempo se asistía a cierta displicencia en la vida de los pueblos y en el quehacer de los funcionarios y representantes de las naciones más poderosas y adelantadas. París era una fiesta. La llamada «belle epoque», en Francia, había comenzado en 1871, luego de la guerra franco-prusiana, y se extendió hasta el año 1914, en que comenzó la Primera Guerra Mundial. Viena, la capital del entonces extenso y poderoso imperio austro-húngaro, se distinguía por sus alegría, el deslizar de una vida un poco frívola y su devenir despreocupado. Mientras tanto, rencores centenarios, ansias de revanchas, fieras competencias comerciales, exigente irredentismo regional y otros escabrosos sentimientos de beligerancia, presagiaban lo que ocurrió: una tremenda y ruinosa guerra entre las naciones europeas, que luego se extendió a la mayor parte del mundo civilizado.

Nuestra nación fue una de las pocas que no participó en esa guerra terrible y desoladora. Ante el reclamo de muchos connacionales nuestros, el Presidente Yrigoyen dijo que el país armas tiene, el que quiera ir a luchar en Europa que las porte, pero la Argentina no entra en guerra con nadie y contra nadie.

La contienda duró cuatro horribles años. En dicho curso, nuestra patria seguía creciendo, agigantando su producción agropecuaria, recibiendo ingentes cantidades de inmigrantes, la mayoría de ellos italianos y españoles. Los campos argentinos, especialmente los ubicados en las provincias de Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires y Entre Ríos, produjeron granos y animales para el consumo popular, merced al trabajo honrado y sin pausa de estos hombres y mujeres que llegaron de otras tierras y ayudaron enormemente al engrandecimiento del país.

Luego, en el año 1929, ocurrió en el mundo una desdichada y colosal crisis económica-financiera, de la cual no estuvo a salvo, durante dos o tres años, la República Argentina y que provino de una quiebra general sufrida por empresas y corporaciones de los Estados Unidos de Norteamérica. También hubo muchas bancarrotas, miseria, angustia, desempleo e infaustas reacciones humanas (muchas personas, hombres sobre todo, tanto de empresas grandes como de pequeños negocios, llegaron a la autoeliminación ante la falta de perspectivas para solucionar su sombría situación).

En parte por esta muy severa crisis y por ciertas circunstancias políticas adversas, en setiembre de 1930, estalló en el país un golpe revolucionario, llevado a cabo por el ejército, encabezado por el General José Félix Uriburu, instalándose un gobierno «de facto», luego de 69 años de gobierno «dejure» (desde Bartolomé Mitre a Hipólito Yrigoyen).

En tanto se sucedía todo esto (fluente y numerosa corriente inmigratoria, primera gran Guerra Mundial, post-guerra, crisis económica financiera, revolución militar), los productores del campo continuaron trabajando tesoneramente, ajenos a la política (por la cual sentían cierto desdén). Pese a todos los altibajos institucionales, a algunas situaciones críticas y a los inevitables acontecimientos dañosos que suelen sufrir todos los países en su marcha histórica, la Argentina continuó marcando una era de adelanto, de progreso material y cultural. A través de esos años se construyeron ferrocarriles y puertos (nuestra red ferroviaria fue durante mucho tiempo la mayor de América Latina), se colonizaron grandes extensiones de tierra y nuestra producción granaria y bovina estuvo (por cantidad y calidad) entre las primeras del mundo.

Entre los años 1932 y 1934, gobernó y administró el país y en casi todas las provincias el conservadurismo (Partido Demócrata Nacional y Unión Cívica Radical de Santa Fe – Antipersonalista) electos en elecciones irregulares y discutibles. En setiembre de 1939 sobrevino la Segunda Guerra Mundial, una verdadera hecatombe de ruinas, muertes, cimbronazos políticos y miseria. Como en la anterior gran conflagración, la República Argentina no entró en guerra, sino sólo cuando ésta finalizaba con la derrota total del Eje Roma – Berlín – Tokio y ya no era necesario enviar tropas. La política interna de nuestra nación había caído en el descrédito general.

El comité (centro o junta de los partidos políticos) no era precisamente lugar adecuado para desarrollar ideas o propuestas para el bien del país y el bienestar del pueblo, sino que su dedicación principal era una publicidad electoral llena de promesas a no cumplir. Luego, sobrevino la revolución del 4 de junio de 1943, cuyo desenvolvimiento, destino y consecuencias casi todos conocemos.

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