
«Vamos que se puede» era lo que más se escuchaba desde las tribunas del Hogar de los Tigres. Claro, todos aún intentaban sacurdirse el mal sabor de la floja actuación de 48 horas antes frente al mismo rival, lo que le hizo perder la localía a los aurinegros, que ahora deberán (lunes y miércoles sigue) imponerse por lo menos en una ocasión en Buenos Aires si pretenden volver a jugar ante su gente.
El inicio fue a pura concentración de los de Meléndez, que no solamente anotaban sino defendían duro para tomar la primera diferencia importante (24-14). No obstante, la duda estaba en si había verdaderamente mejorado su nivel el local o la visita se encontraba relajada por haber logrado ya su objetivo de robarse un cotejo. Mezcla de todo, Libertad castigaba bajo el aro pero luego chocó con el oportuno ingreso de Byró, un verdadero revulsivo en el Granate que comenzó a achicar distancias, tanto que el descanso largo los encontró bien cerca a ambos (38-37).
Las sonrisas dejaron lugar a rostros de preocupación cuando Lanús retomó aquel despliegue incesante del juego inicial. Las pérdidas no tardaron en aparecer en el local que por momentos encontró en el banco algo de aire -especialmente en Saglietti con un triple y posterior doble consecutivo- para luchar cada posesión.
Santander rotaba y mantenía la intensidad en el tramo final, donde Libertad pareció despegarse pero luego terminó penando hasta el final mismo. Es que Lanús se dio cuenta que no solamente había llegado a un final cerrado sino que por momentos también estaba al frente del marcador. No obstante, el orgullo herido de los Tigres pudo más y con un par de oportunos recuperos y conversiones, terminó cerrando el partido a su favor ante un duro rival que ahora tendrá el aliento de su gente la semana entrante, cuando vuelvan a medirse, ya en tierras bonaerenses.




