
El Día de los Derechos Humanos se celebra cada 10 de diciembre, conmemorando el día en que, en 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No sin motivos, en Argentina ese día se lleva a cabo el cambio de autoridades elegidas democráticamente por el pueblo. Así lo impuso Raúl Ricardo Alfonsín, tras ganar las elecciones nacionales de octubre de 1983. Histórico y triunfal día después de años irreparables de dictadura militar.
La figura del Dr. Alfonsín se eleva en cada acto de vida democrática porque fue él quien decidió poner frente de la justicia civil a los comandantes en Jefes del Ejército, responsables de la violación a los derechos humanos, condenada por el mundo entero. Sus palabras: «Los militares deben recordar que son servidores de la República y no sus amos. Y en vez de guardar las urnas deben guardar mejor el patrimonio nacional y los derechos humanos». Aún resuena su voz en los oídos de quienes lo admiramos.
Cada vez que elegimos gobernantes ponemos distancia a los golpes de Estado que en su mayoría fueron cívicos – militares. Debemos reconocerlos así, porque los golpes de estado no surgen de la nada, se preparan con mucho tiempo. Es necesario crear un mínimo de consenso, con los sectores políticos reaccionarios, de muchos medios de prensa, filósofos, etc. Por eso, a pesar de las debilidades de los gobiernos que sucedieron a ese tiempo, a pesar de los graves errores que cometieron unos y otros, la sombra de los golpes de Estados se va borrando paulatinamente, al menos como los conocimos. Habría que reflexionar si existen otras formas de golpear a los gobiernos para debilitarlos y arrojarlos fuera del poder. No estoy capacitada para analizarlo.
Roque Sáenz Peña en 1910 dijo: «Hemos inaugurado la segunda centuria entre los deslumbramientos y esplendores del pueblo de Mayo; pero no habremos cumplido con los deberes del presente, ni con las generaciones a venir, sin trabajar una democracia fuerte por sus organismos permanentes, amplia por la totalidad de los esfuerzos, y libre por la emancipación de las ideas que vienen rompiendo el molde de los personalismos…».
Hay mucho por recorrer todavía; faltan hechos, actitudes concretas de cada uno de nosotros y sin duda de quienes desean gobernar para vivir en una democracia plena. El logro de la Ley Sáenz Peña de 1912 (voto secreto, obligatorio) debe ir por más. A causa de las rupturas del orden institucional, estamos en pañales. Los golpes de Estado obligaron a renacer cada vez que se asomaba la democracia, pero débiles y enfrentados.
La democracia no se limita solamente a elegir gobernantes mediante el voto. Es una manera de vivir, una actitud ciudadana; los aspirantes al poder y quienes lo ejercen deben ser modelos en este arte de vivir públicamente, pero el ansia de poder eterno, envilece a las personas y como ciudadanos asistimos a luchas políticas que poco tienen que ver con el bienestar del pueblo. Exponen muchas veces la libertad y garantías de quienes los votan.
Sin embargo, no debe ser una utopía. Pensémosla como la esperanza y caminemos hacia ella, hacia la verdadera democracia, la que soñaron Hipólito Irigoyen y Raúl Ricardo Alfonsín.
La emoción de ver una renovación de poderes obliga a exigir un poco más: más libertad, más transparencia, más escucha, más inclusión verdadera, menos promesas vanas, menos intereses personales, mezquinos. El poder no está en ese lugar de traspaso, el poder está en el pueblo y no deben olvidarlo. Quiera Dios que la voz de ese pueblo elector los acompañe.

