
Actualmente sabemos que las estaciones del año se producen por el movimiento de traslación de la Tierra, pero, los antiguos griegos desconocían esto, por lo que crearon su propia historia para explicarlas. La forma en que lo hacían se llamaron mitos. En ellos se involucraban a dioses y héroes. Revelaban los cambios de estaciones de esta forma: En resumen:
Ceres, hermana del dios del Olimpo, Zeus, era la diosa de la agricultura, de los cereales, de la naturaleza en general. Tenía una hija que gozaba de gran belleza, Perséfone.
Hades, dios del Inframundo, la vio un día y se encaprichó con ella, por lo que acudió raudo a su hermano Zeus para pedirle permiso para poder convertirla en su esposa, a lo que él accedió. Hades rapta a Persénofe en un acto violento.
Ceres, al enterarse de lo ocurrido, cayó en una profunda depresión y dejo de cumplir con su deber divino. Eso hizo que la tierra quedase suspendida en un continuo invierno, destruyendo las cosechas y causando el hambre entre los seres humanos, lo que los llevaba a la muerte.
Zeus ordenó a Hades que liberara a Perséfone quien, por el contrario, le hizo comer una granada del Inframundo, acto que la obligaba a permanecer en él.
Zeus intentó solucionar el problema, así que repartió el año de tal manera que pasaría medio año con su madre, Ceres, y otro medio año con su marido, Hades. La alegría del rencuentro con su hija hizo que la tierra volviera a florecer y que los campos volvieran a dar su fruto.
Así encontraron su origen las estaciones. Durante el tiempo que pasara Perséfone en el Inframundo con Hades, Ceres caería en la tristeza, por lo que la tierra también lo haría con ella, dando lugar al otoño y al frío invierno. Cuando regresaba con su madre, volvería la alegría y se alejarían las tristezas; todo florecería, dando lugar a la primavera y al caluroso verano.
Es evidente que el asombro poblaba sus vidas y buscaban respuestas lógicas a los cambios. Los mitos ayudaban. Hoy sabedores de las causas, nosotros. personas comunes, sin otro interés, disfrutamos del paisaje de cada estación, según nuestros gustos.
El otoño recientemente llegado empieza su tarea de desnudar las ramas; las hojas caen; mientras transitan el espacio dibujan coreografías y finalmente el suelo las recibe. Manantial de savia amarilla pinta las veredas cada mañana, que será desarmado sin remedio por empeñosas escobas.
El otoño es una estación apacible en este sector del planeta. El cielo se enternece, dormita el poniente y apaga lentamente su fuego veraniego. No hay apuros en sus horas; puede enardecerse por momentos y enfriar su brisa en otros. Ni Hades, ni Ceres. En el medio de la contienda el otoño camina. Perdona y recuerda; propone y se aleja; ofrece y despoja. Nosotros, ebrios de paisaje, atesoramos ambarinos en retinas apuradas.

Pero, un árbol empoderado se rebela: el palo borracho. Él florece en esta estación y se revela con todo esplendor en avenidas. Es dueño de los cielos y defiende su triunfo de florecer en otoño. El morado de sus pétalos abochorna el azulado cielo otoñal.
Los griegos podrían crear un mito para explicar la fuerza que emana de los seres vivos cuando los vientos no son favorables, pero sin griegos y sin mitos, los humanos, los que hemos pasado por grandes vicisitudes, los que sufrimos inviernos muy largos, también sabemos, como el palo borracho, florecer en otoño.
A disfrutarlo, entonces.
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Griselda Bonafede

