Para algunas familias fue una reiteración de saludos y abrazos festivos, tiernos, como siempre lo fueron. Día y momento anhelado para hacer más sólido aún con hijos y nietos, vibrando al unísono por afecto real de los corazones que desde la infancia conocieron en cada reunión de la sangre la emoción y la alegría del encuentro.
No será así cuando la presencia habitual haya emprendido vuelo celestial. Pero seguramente Glenda estuvo allí y el corazón de cada niño o adulto que recibió su gesto protector en algún momento asomó para sumarse al Día de la Madre. Y ella quizás fue receptora apenas perceptible de su presencia. Pero cada ser humano gozó de la gracia del recuerdo, la gratitud, los momentos compartidos, además de la sangre familiar que fluye para sacramentar los días compartidos.


