El teatro es siempre arte e instrumento. Ha sido, a lo largo de la historia, un medio de expresión y un vehículo para la reflexión crítica sobre la sociedad.
En columnas anteriores veíamos cómo el arte escénico debió luchar para encontrar espacios que le sean propicios. La Ranchería había sufrido una quemazón y El Coliseo fue alcanzado por las metrallas dirigidas por ingleses desde la Plaza Mayor sufriendo muchos deterioros. A raíz de este suceso, dejó de funcionar. Volver, luego de refacciones en 1810.
A la llegada de Rosas al poder (1829 -1853), con un interregno de 3 años, existieron dos versiones: la primera era que el nivel de los espectáculos había descendido; la otra era que en materia cultural, el gobernador Rosas, había decidido prescindir de la transculturización iniciada por el expresidente Bernardino Rivadavia y construir una cultura argentina propia. Esto le traerá problemas con sus opositores, casi todos educados en el viejo mundo y un deseo ferviente de imponer la cultura foránea. Por estas y otras diferencias, varios autores se exilian.
Sin embargo, fue en el período rosista que se logró un edificio teatral. Rosas hizo erigir el teatro llamado “Teatro de la Victoria” por los arquitectos José Santos Sartorio e Ildefonso Pagano. Se estableció en la calle Victoria Nº 954, actual Hipólito Irigoyen, entre Tacuarí y Bernardo de Irigoyen, barrio de Monserrat. Fue inaugurado el 24 de mayo de 1838, con la función de «Amantes y celosos, todos son locos», una comedia escrita por Ventura de la Vega.
Asistieron miembros destacados de la aristocracia nacional e internacional como María del Carmen Sáenz de la Quintanilla, esposa del general Carlos María de Alvear, Miguel Otero, gobernador de Salta, y John James Onslow, capitán del HMS Daphne. No se trataba de un gran edificio, la fachada era de mampostería adornada con las estatuas de Apolo y de las musas Euterpe, Clio, Terpsícore y Talía, contaba con una disponibilidad para aproximadamente 2000 espectadores distribuidos en la luneta (platea) y tres órdenes de palcos.
Sobre el gran telón de boca resaltaban tres grandes rosas que partían del mismo tallo (símbolos de Don Juan Manuel, de doña Encarnación y Manuelita).

Sobre todo, tenía más volumen y condiciones más adecuadas para los géneros cantados de mayo de 1810. Las obras que allí se representaban pasaban por el control de la censura, lo que impedía la libertad de expresión.
A la caída de Rosas, el arte toma aires de libertad. Los artistas y actores exiliados regresaron al país y la cultura se renueva. La sociedad toma un matiz diferente y se mira a Europa con ansias de imitación. El país se inserta en el modelo agroexportador que le permitiría grandes ingresos de divisas.
Entre otros beneficios, que otorgó la llegada de dinero, se obtuvo la modernización de las infraestructuras, dentro de ellas la construcción del actual teatro Colón que abrió sus puertas en 1908 con la obra “Aida” de Giuseppe Verdi.
Al fin Argentina tuvo el teatro que merecían los guionistas y actores. El teatro fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1991. Todo argentino debiera conocerlo.
El teatro es vida en escena y su presencia en cualquier espacio. “Lo importante es que suceda” (palabras de Gabriel Fiorito).
Sunchales, de la mano del director Fiorito, ya inicia su año de presentaciones. Las miradas girarán hacia ahí. En primera instancia para disfrutar, luego llegará el momento de la reflexión, del mirar hacia adentro y encontrarnos con los roles desplegados por los actores para interpelarnos como individuos y como sociedad. Bien dijo Arthur Miller, dramaturgo y guionista estadounidense, (1915 – 2005): “El teatro no puede desaparecer porque es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma.”
Griselda Bonafede

