Aquel 9 de Julio de 1816 en Tucumán se cerró la órbita iniciada el 25 de Mayo de 1810 en Buenos Aires desde el histórico Cabildo. Un comienzo que derivó en la Junta Grande con 22 participantes. Esta Junta Grande fue un gobierno provisional en las Provincias Unidas del Río de la Plata que existió entre diciembre de 1810 y septiembre de 1811.
Sucedió a la Primera Junta e incorporó a los diputados de las provincias, convirtiéndola en un órgano más numeroso y representativo. Sin embargo, su carácter colegiado y la falta de cohesión interna llevaron a su disolución y reemplazo por el Primer Triunvirato.
En Buenos Aires podemos visitar La Manzana de las Luces (Perú 222), antiguo solar donde se ubicaron los Jesuitas en 1633 y allí nos encontraremos con la Sala de Representantes donde funcionó esta Segunda Junta. Todo se muestra como en aquel tiempo, con el piso antiguo y detalles, los cuales nos llevan a imaginar que estamos presenciando alguna reunión de esos diputados. Me ocurre precisamente esa transición emocionante cuando visito algún sitio histórico de envergadura y trascendencia. Los Triunviratos fueron dos, hasta 1814 y su funcionamiento era similar a los de la antigua Roma.
Finalmente, la Independencia se declaró el 9 de julio de 1816 en el Congreso de Tucumán, cuando los representantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata proclamaron la ruptura de lazos con la monarquía española. Este acto, conocido como la Declaración de la Independencia, marcó un hito en la historia argentina, simbolizando la voluntad de autodeterminación y soberanía del país. Además, urgían los reclamos y declaraciones.

El énfasis, la claridad y determinación de aquellos preclaros hombres lograron, con Francisco Narciso Laprida como presidente del Congreso de Tucumán, un hito fundamental para la organización que se requería. Pero continuarían cuestiones que nos llevaron hasta 1853, con el derrocamiento de Rosas, con la Constitución Nacional y el Presidente de la Confederación Argentina Justo José de Urquiza.
Vayamos al presente. El fuego, la clarividencia, los esfuerzos de aquellos hombres exultantes debiera servirnos como modelo y la valoración histórica podría abarcar el conocimiento más profundo de la historia argentina, como lo hacemos con la estirpe que adorna cada grupo de unión por la sangre, la historia y la convivencia familiar.
Sin embargo, la escasa presencia de los votantes convocados para las últimas elecciones es signo alarmante del desinterés, la inercia y el desapego de hoy.
Indudablemente, influyen las acciones actuales que leemos o vemos a través de la pantalla televisiva. El Congreso, honroso espacio para que diputados y senadores razonen, diagramen, propongan, corrijan, a través de las exposiciones verbales se ha convertido en campo de batalla donde se insulta y hasta se agrede físicamente con soltura y decisión, convirtiendo el recinto en lamentable campo de batalla donde al finalizar cada mes concurren para recibir un nutrido caudal por el cual se les gratifica repartiendo el dinero de los contribuyentes. Ni mencionar a las diputadas y senadoras que dirimen cuestiones a través de los insultos, manotones y golpes.
A pesar del disgusto, debemos estar enterados, no podemos huir de los acontecimientos que denigran la democracia. Y comparamos; no podemos desconocer la historia argentina, valorar a aquellos preclaros personajes, transmitir a nuestros niños y jóvenes los pasajes históricos de real jerarquía. Se dice que la historia es como una rueda que siempre vuelve.
Ayudemos al pasaje de esa rueda para que regresen: la generosidad de Belgrano donando el dinero que le dieron por ganar dos batallas y lo entregó para levantar cuatro escuelas; la valentía de San Martín para cruzar los Andes y liberar tres países; la sabiduría y la obra de Sarmiento (como si hubiera vivido 200 años, según un historiador); tres arquetipos que suman una pléyade de gente digna, entregada con abnegación, verdaderos filántropos que sí existieron en este suelo argentino. Porque volvemos a necesitarlos.

