Tiene 53 años, fue boxeador amateur en la década de los 70’, donde realizó 77 peleas. Posteriormente, en Buenos Aires, se hizo boxeador profesional con 10 peleas en el campo rentado. Como entrenador dentro del profesionalismo, fue técnico de Gustavo Rico, Marcelo Dávila y Raúl Farías, recorriendo gran parte del país.
Desde hace unos años, volvió a la actividad, sumándose a la Comisión Municipal de Box para trabajar como árbitro y jurado, al mismo tiempo que en la vecinal del Barrio Moreno, armó su propio gimnasio, “el Toledo Box”, que actualmente funciona en “un galponcito”, que da frente a la Avenida Eva Perón.
No se escucha música, todo es orden y silencio, solo se siente como el chillar de la cadena apretada, que aguanta la bolsa, le pone melodía a una canción que con un montón de ilusiones, acompaña, cada golpe de cada pibe que le pega al destino como descargando en cada golpe quien sabe qué cosa.
El hombre mayor habla poco, casi lo justo y necesario y cada concepto, casi susurrado, es un consejo que se mete por el oído en la cabecita loca de ese pibe que sueña con ser boxeador, ese oficio duro difícil, peligroso, sacrificado y a corto plazo muy poco reconocido y remunerado, como que sube al ring, para ganar 50 pesos por round, si 50 pesos por round, “para ca…a palos con el que está en frente”.
A Juan Carlos, eso no le importa demasiado porque sabe que el campeón puede llegar a ser una consecuencia deportiva, que necesita tiempo y se complementa con muchos factores del destino. Por ahora a Juan, le interesa otra cosa, la hombría de bien en cada uno de sus pupilos.
Toledo, como le dicen sus pupilos, el papá, el amigo, el que contiene, el que entrena en un galponcito que acobija un montón de esperanzas, un galponcito que se pone oscuro cuando cae la noche, Juan Carlos Toledo, un verdadero apasionado del boxeo.

