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Despedida del Padre Néstor

Cada sacerdote o diácono que realiza su travesía por la Parroquia San Carlos Borromeo y la comunidad toda de Sunchales nos deja su impronta, huellas que quedan marcadas en la memoria de los feligreses; señales palmarias a través de la vocación, el compromiso y el contacto con la comunidad a medida que transcurren los hitos de cada obra pastoral.

Desde aquel 1966 cuando conocí al Padre Tacca, el pasaje ha sido pródigo y variado, siempre con excelentes protagonistas que diseminaron recuerdos positivos, obras de auténtica entrega y empeño, estableciendo sólidos vínculos reconocidos por los fieles y por quienes extienden la urdimbre sensible fuera de la iglesia.

El Padre Néstor Valladares, proveniente de Tostado, compartió seis años de vida fructífera con los sunchalenses trazando un camino palpable, manifiesto y sensible. Su personalidad juvenil, plena de sencillez y dulzura, nos lleva a imaginar un hijo o un nieto más para incluir en el abrazo familiar.

Durante la misa del sábado 19 de noviembre por la tarde pudimos apreciar la profunda emoción que embargaba a este sacerdote designado como Párroco en las Parroquias de las localidades de Vila y Presidente Roca. Un nuevo peldaño en el sendero pastoral, un más elevado compromiso para el cual se ha preparado y seguramente afrontará con idoneidad y vocación, en concordancia con la inspiración que un día lo integró al Seminario para recorrer el derrotero elegido.

El Padre Fernando Sepertino inició la despedida basada en tres hitos recorridos a través del trabajo y el contacto diario. Luego, la dulzura habitual en la voz del P. Néstor se vio quebrada a menudo como producto de una conjunción de sentimientos. Participante de varias entrevistas a través del periodismo local, tener como auditorio a sus feligreses, silenciosos y expectantes, sujetos también a emociones profundas, magnificó las sensaciones del momento.

La despedida continuó, luego de la celebración de la Eucaristía, teniendo como espacio de concentración las instalaciones ubicadas hacia el norte del templo. Amistades, colaboradores, integrantes de comisiones pastorales, provistos de una cena “a la canasta”, continuaron compartiendo a través de notables signos de camaradería, cariño y respeto; alegría profunda y sincera sin que cesara, susceptible, la imagen prevista de una despedida cercana. No faltaron las guitarras y las canciones; una mixtura donde la sensibilidad se enseñoreó de momentos inolvidables.

En el corazón de quien parte se conjugarán la añoranza, el aprendizaje, la ansiedad por el futuro. Quienes lo despedimos atesoramos sus palabras en las homilías, el vínculo sincero y su humildad como insignia destacada. La antítesis alegría – tristeza se infiltró en la noche de noviembre. Alegría por haberlo tenido como propio durante seis años y tristeza por su imagen de partida. Pero la razón nos instala frente a la realidad de su futuro y la sensatez nos ubica en la razón: Gracias, Señor, por haberlo tenido.

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