Con la llegada de la Revolución Industrial, se produjeron, en las sociedades cambios importantes, entre ellos, la accesibilidad a la educación. Las fábricas, las industrias necesitaban mano de obra calificada, esta demanda alertó a los estados nacionales quienes lejos de quedarse afuera, tomaron la educación como política de estado, con el objeto de ponerla al servicio de la industrialización.
Argentina asomaba en el mundo de la nación nueva y la idea de educar al pueblo se presentó tan ineludible como unirse al modelo agroexportador. En la dicotomía de “Escuelas para todos” de Sarmiento y la “Escuela para pocos” de Alberdi, se impuso la primera y Argentina entró en el concierto de la educación pública de manera exitosa.
Desde esos tiempos, la escuela, en contrato tácito con las familias, definió una sociedad. La escuela preparaba para formar obreros, empleados, profesionales, universitarios; la sociedad respetaba a la escuela, porque era el único espacio donde se distribuía el saber, pero los tiempos cambiaron y hoy, la educación argentina está crisis.
Las pruebas “Aprender” tanto en el nivel primario como secundario arrojaron resultados poco o nada satisfactorios. Han demostrado que los alumnos tienen dificultad para leer y entender su contenido, aspecto que redunda en todas las áreas de aprendizaje y que el 55% de los alumnos de tercer grado, no alcanzó el nivel de lectura esperable para su edad. Estos guarismos se agravan en Matemática y de hecho, nadie puede sentirse feliz por estos datos.
La educación es un capital que debe cuidarse y alimentarse. Buscar culpables no es la salida. En educación se consustancian muchos factores. No es solamente un niño que “aprende” con un docente que “enseña”. Es mucho más complejo, pero en estos momentos, entre todos los agentes responsables, se están buscando soluciones, que deseamos lleguen a buen puerto.

Claudia Romero, doctora en Educación y profesora de la Universidad Di Tella, ha presentado su nuevo libro “El buen liderazgo es un factor clave para mejorar los aprendizajes” en el que plantea la necesidad de Profesionalizar a los equipos directivos como una medida que tiene incidencia directa en la calidad educativa.
Expresa que, aunque el directivo no enseña directamente, ejerce su influencia de forma indirecta, y dice: “Un buen liderazgo genera motivación en el equipo docente, garantiza ciertas condiciones institucionales (…). Además, observa, evalúa y acompaña la práctica pedagógica, y ofrece devoluciones pertinentes y herramientas concretas para que los docentes puedan mejorar…”
Y sigue: “Entre los factores intraescolares, el liderazgo directivo aparece como el segundo en importancia, solo por detrás de la calidad docente. Muchas veces se piensa que los principales factores de mejora educativa son los libros, las computadoras o la infraestructura. Sin embargo, el que estadísticamente se correlaciona más con los aprendizajes, después de la docencia, es el que yo llamo el “factor director”.
Demás está decir, el compromiso que cada director asume cuando se establece en esa porción de poder que le da el ministerio de educación en el territorio designado, se coloca en el nivel de gobierno que se contacta con la realidad del entorno social, lo responsabiliza como eje de todas las dimensiones educativas, priorizando la pedagógica curricular, pero le da herramientas para ser el transformador de una realidad.
Los que alguna vez tuvimos ese cargo, sabemos a qué se refiere, pero también es necesario entender, y lo hace Romero en su propuesta, que “para potenciar el rol de los equipos directivos, es necesario jerarquizar la carrera profesional, la formación y los salarios”.
Toda innovación, cambio o propuesta de mejora que se imponga desde el Ministerio, será exitosa y obtendrá resultados positivos, si es sostenido con el desarrollo de liderazgos directivos, de supervisión, etc., capaces de comprometerse, movilizar, administrar y evaluar los procesos y sus resultados, pero con felicidad y convicción.
Argentina saldrá delante de este tropiezo porque su gente es valiosa. Los responsables de la educación dan lo mejor de sí, aun siendo desprestigiados, desvalorizados y mal reconocidos en sus salarios. No deben temer de asumir roles de conducción que los comprometa con el enseñar y el aprender. Su voz, su preparación y su experiencia, el modo en que toman decisiones es una forma de enseñar que será base para organizar la sociedad. Esa sociedad que necesitamos libre de antagonismos, y con oportunidades para todos.
Griselda Bonafede

