
Los pueblos, esos que están diseminados por la llanura, la mayoría colonizados por inmigrantes, han crecido o decrecido según las políticas, la ubicación geográfica, la distancias a centros más grandes, el acceso a rutas, los emprendimientos económicos y las oportunidades que se le presentó a cada uno por esas causas. Quienes abandonamos esos suelos, luego de haber transcurrido la infancia y juventud, guardamos el encanto de sus calles, el aroma de sus pastos, la limpidez de sus cielos y el horizonte, extenso, rígido, inalcanzable, pero nítido. Seguimos atrapados en el recuerdo de la convivencia extendida más allá de la familia.
Cuando evocamos los pueblos donde hemos vivido, nos trasladamos a los tiempos sucedidos en sus espacios y creamos una realidad que ya no existe, pero es la que nos fortalece y nos permite “ser” en el pasado, y “estar” en el presente. El pueblo recordado en charlas, en anécdotas ya nada tiene que ver con el actual. Se han modificado sus plazas, sus edificios; se han asfaltado las calles; duermen su sueño de abandono los antiguos bares en las esquinas. El pueblo actual es una sucesión de sueños que cumplidos, o no, ya no despiertan. Somos nosotros, desleales, quienes los dejamos esperando.
Nos acercamos a la Patria de la niñez con ese latido de corazón añorante y comprendemos que los eucaliptos que rodeaban la plaza y nos protegían del sol, ya no se yerguen arrogantes y perfumados; se los han llevado los vientos o alguna excusa ambiciosa de progresos; la escuela a la que asistimos es un museo y el salón de los bailes cayó frente a los embates del tiempo.
Las patrias chicas tienen un baúl de recuerdos enterrado en sótanos de antiguas casonas, en las criptas del cementerio o tal vez debajo de algún monumento nuevo dedicado al progreso. Somos nosotros quienes queremos instalar el sortilegio, pero cuando volvemos a su nido descubrimos que solo permanece intacto el patrono de yeso sobre el altar de madera en la capilla del Señor.
Nosotros, visitantes, queremos petrificar viejas escenas. Nos descubrimos invitados, donde fuimos anfitriones. Son momentos en la que la emoción empieza a correr por las calles, tropieza con la realidad de los rostros nuevos, ocupantes del lugar abandonado. El pueblo que fue cuenco en otros tiempos, no se ha quedado inmóvil esperando a sus hijos, se apuró en reemplazarnos y eludir el pasado compartido.
Nuestras preguntas asombran. ¿Quiénes somos nosotros, emigrantes para interpelar las ausencias? Nosotros, infieles reclamantes de permanencias, que partimos en busca de cambios. No tenemos derecho a preguntas. Todo se ha ido. Como lo hicimos nosotros.
El pueblo no nos ha esperado, sigue su ritmo de silencio nocturno, de horizonte lejano y observable, de pájaros cantores en ramas frondosas. Modificó su semblante para esperarnos y tal vez atraernos nuevamente a su paz y templanza, pero ya se ha hecho tarde para quien ha elegido otro rumbo. Preferimos seguir abrazando la magia de lo vivido como inalterable, como hecho que se ofrece para volver a revivirse en una ilimitada carrera hacia el olvido.
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«Las patrias chicas y nosotros» ha sido seleccionado en el XXVIII Certamen Internacional Artes y Letras para participar del libro «Voces del Alma».

