
Dentro de los sustantivos abstractos que pueblan el universo de la lengua, la palabra esperanza es la que menos me atrae. Para los cristianos es una virtud teologal, junto con la fe y la caridad.
La nombro y enseguida me acuerdo del mito griego “La caja de Pandora”. Civilizaciones antiguas daban respuestas a los hechos y fenómenos de la naturaleza a través de mitos. “La caja de Pandora” pretende demostrar cómo fueron creados los males del mundo. Brevemente: Zeus, padre de los dioses y los hombres, dispuesto a castigar a estos últimos, le regala junto con la hermosa Pandora, una caja y le pide que no la abra por ningún motivo, pero ella, no resiste la curiosidad y al soltar las ataduras, salen precipitadamente los males del mundo. La esperanza fue la última en salir.
Su aparición desde el fondo es engañadora porque, sonriente, con su cuerpo formado con rayos de sol, despierta en los presentes sensaciones alentadoras. Los males ya lanzados al mundo habían hecho de las suyas, solo ella estaba ahí ofreciéndose como puente para abreviar las angustias. La esperanza, no obstante, anticipó que su naturaleza estaba formada de lágrimas y de sonrisas, aunque pareciera alegre.
El mito da lugar para varias connotaciones y vale la pena leerlo completo.
Este año, apelamos a la esperanza, de que este mal lanzado al universo, pueda ser dominado, mitigado, destruido. No se sabe qué manos abrieron la caja y lanzaron la pandemia. Desconocemos si la naturaleza actuó por cuenta propia o si la tecnología y el hombre se unieron para producir muertes. El virus se propaga con saña sobre el planeta y afecta sin selección, o más bien escoge a seres inteligentes y deja de lado plantas y animales; elige al humano desde el más encumbrado, al más humilde.
Los poderosos gobernantes del mundo doblegan sus soberbias y salen a buscar soluciones: cierre de fronteras, aislamientos, cuarentena, toques de queda… Todas las formas de políticas fracasan ante el virus que, por el contrario, muta y desconcierta; la plaga dirige la batalla haciendo que las más opuestas ideologías tomen las mismas decisiones. Quedan desarmados críticos y aduladores.
Los seres humanos buscan la estrella simpática de colores para seguir viviendo, como virtud teologal o como estrella del mito. La personifican en hombres y mujeres de blanco, científicos, médicos, pensadores que devolverán salud al universo.
En la Edad Media, las pandemias y epidemias asolaron el planeta. El médico era un imitador de Jesucristo; algunos de ellos escaparon de esta situación; otros aprendieron a cobrar bien sus honorarios o que los consideraran como tal. Dos brotes importantes de plaga abatieron el viejo mundo. En Milán, en los siglos XVI y XVII, el arzobispo San Carlos de Borromeo, trató de aliviar el alma y el cuerpo de los afectados, fallecidos en las calles, abandonados sin consideraciones. Amparado en la fe, cuando vio la gravedad de la situación, él mismo salió en auxilio de las víctimas, vendió los objetos más preciados que tenía. “Dicen incluso que cedió los cortinajes de su palacio para que se pudieran hacer vestidos.” Un gesto que pudiera imitarse si la avaricia no ganara las almas.
En esta epidemia del siglo XXI, manos y mentes talentosas tratan de encerrar el mal, manos de quienes apuestan a producir milagros con la tecnología. En ellas depositamos la esperanza. La vacuna producida con sapiencia ganará la batalla. Nos alimentamos en la convicción de que el conocimiento traerá la salvación de muchos, aunque otros tantos conocidos y desconocidos se fueron inevitablemente.
Por ahora, la esperanza sigue siendo la estrella de colores, formada de lágrimas y de sonrisas; aparece cada día mientras el virus produce estragos, a tal punto que amanecimos en el 2021 con un panorama desalentador.
Cuando sin discriminación de razas, de clases sociales, de ideas, de religiones… recibamos la vacuna, apelaremos a la utopía de que nunca más aparezca sobre la tierra otra pandemia.
Para eso, como San Carlos de Borromeo (nuestro Santo Patrono) invoco a la fe y dejo de lado la esperanza. Fe en los científicos, en los que luchan día a día por la salud del mundo. Fe para que no haya más Pandoras que larguen males al mundo, para luego dejarse sonreír por la esperanza, aunque de todos modos es una luz en el camino.
Es mi deseo de un año mejor. Seguramente es el de todos.

