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Soy argentina y votaré

Sara, de 102 años, votó en Río Tercero (Foto: La Voz del Interior).

La vida transcurre quitando almanaques de papel y se lleva los números que nos encaminaron por sádicos inviernos o mágicas primaveras. Añadimos años que tienen en su haber las experiencias acumuladas desde la niñez y la juventud, adornadas por días felices, inocentes, inexpertos y saturados de enseñanzas familiares.

El hogar marca los surcos con el humus para crecer y pensar; para conocer y valorar; para tener juicio propio y opinar sobre temas cotidianos o de mayor trascendencia. El paraíso familiar cobija y educa, forma e ilustra, prepara y orienta sin adoctrinar, solamente ubica las luces para alumbrar el camino del libre pensamiento.

Luego, el estudio superior frente a textos donde bebimos enseñanzas que nos ayudaron en el mundo a nuestro alrededor: la Carta Magna, las “Bases” de Alberdi, las materias que nuestros profesores idóneos desarrollaron preparándonos para ese mundo exterior que nos aguardaba como ciudadanos responsables, integrantes de una democracia anhelada por una república soberana donde comenzamos a desarrollarnos siendo habitantes comprometidos y afrontando una profesión de gran compromiso como es la tarea docente en las aulas.

Enseñar la historia de nuestra patria, conocer su maravillosa geografía, valorar sus riquezas naturales, practicar su hermoso y pródigo lenguaje, conocer las gestas de nuestros próceres, amar y respetar los símbolos que nos representan, todo un sendero que va dejando hitos en la conciencia y en el corazón, nos lleva a sentirnos ricos y tenaces jardineros que nutren el intelecto y el alma para obtener frutos positivos; hombres y mujeres de bien para marcar el futuro de la patria, sean o no partícipes efectivos frente al timón del barco.

¿Qué sucedió en el camino? “No votarán los militares, los sacerdotes y los encarcelados…”; hoy los presos cobran sueldos y pueden votar. “En 2002 la Corte Suprema de Justicia de la Nación resolvió que las personas privadas de libertad en carácter de procesadas estaban habilitadas para votar”.

Recuerdo el desagrado de mi madre cuando se vio obligada a empadronarse para emitir el voto, algo que hasta el momento ninguna mujer hacía. Lo que ante mis ojos era un maravilloso documento habilitante, para ella era la consumación de su desdicha. Arturo Umberto Illia fue médico y político argentino, presidente de la Nación Argentina hasta junio de 1966, cuando fue derrocado por un golpe de Estado cívico-militar. Desde ese momento mi madre – y tantas otras mujeres, dejaron de preocuparse.

Hoy acopiamos 40 años de democracia y el zarandeo político nos ha sacado de la calma con que fuimos criados. Hallamos septuagenarios felices por ser “liberados” del compromiso del voto (como si fuéramos material descartable o no prescindible). Otros, vivimos el honroso compromiso del acto eleccionario y, con asistencia completa, sumamos nuestra opinión en cada convocatoria nacional o territorial.

Por supuesto que nos informamos, leemos, miramos, oímos. Ya no ubicamos a nuestro lado al profesor de Educación Cívica; las leyes han cambiado y tenemos conocimiento de ese proceso. Nos acompañan la cordura y los conceptos heredados, así como las capacidades adquiridas y el oprobio por la situación que debemos afrontar cada día.

En nuestras manos está el poder. ¿Más de 70 años? Son testimonio rotundo del proceder derivado del conocimiento diario, del análisis y la valoración. Cada elección marca en el calendario de mi vida un día de felicidad plena. Soy argentina y votaré.

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